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Adriana

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Mido 1.68 mts de estatura, ojos cafés, cabello lacio y negro.

Soy platicadora y optimista, me agrada encontrar nuevos amigosyamigas. En pocas palabras soy sencilla y puedo ser una gran amiga.

"Escribo para ser de carne y no de piedra como una escultura, no escribo para que me acepten, sino para que me sientan, no escribo para cambiar el mundo sino para crear un universo propio donde todo puede suceder, escribo, en resumen, para construirme a mí misma de sentimientos, sueños, alma y fantasía…"

Adriana Z. M.

SUEÑOS, DESVELOS Y DUERMEVELAS

Escribo para ser de carne y no de piedra como una escultura, no escribo para que me acepten, sino para que me sientan...
April 05

UN ALAMBRE MÁS

 
Cinco flores más y el ramillete estará completo. Los dedos de la mujer manipulan con facilidad los pequeños pétalos de tela que, girando en un movimiento ágil, darán forma a una flor artificial de color rojo carmín. Un pegamento especial unirá las flores con los alambres que se encuentran en la mesa frente a ella para que, al final, cada ramillete sea reemplazado por monedas y éstas se conviertan en comida para varios días.
 
Las manos de la mujer no cesan de moverse. Una y otra vez ve el reloj y sabe que debe darse prisa o el día no le rendirá como ha esperado. Usualmente debe elaborar alrededor de veinte ramilletes que son la remesa completa de la semana, los cuales pueden venderse en su totalidad si aprovecha los días de quincena. Sin embargo, esta vez fue contratada para entregar cuarenta ramilletes en un solo día a una señora que ofreció darle una cantidad nada despreciable si se comprometía a tenerlos a tiempo para la boda de su sobrina. Ni siquiera lo escuchó dos veces: aceptó la oferta sin pensarlo demasiado.
 
Ahora se da cuenta que hacen falta cinco horas para la boda y el plazo de entrega casi ha terminado. Está a punto de cobrar por su trabajo y, de sólo imaginar tener ese dinero en las manos, se le ilumina el rostro con una sonrisa de satisfacción anticipada.
 
Sus ojos observan el último ramillete a medio terminar y extiende una mano para tomar un alambre más pero, de inmediato, nota algo extraño. Vuelve a fijarse en las flores que tiene en la otra mano y nota que en la mesa no queda un alambre más. “¿Es posible?”-se dice sorprendida. Está segura que tenía material suficiente para cumplir con la cantidad de ramos acordada pero ¿qué pudo salir mal? ¿Acaso la dependienta de la tienda le vendió el material incompleto?
 
Rebusca en los cajones que tiene debajo de la mesa de trabajo, mas todo es inútil, los alambres sencillamente se han terminado y un ramillete se encuentra incompleto; justamente a la mitad, para ser precisos…
 
Su mirada recorre toda la cesta en la que ha ido colocándolos: “… treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve ramilletes y medio…” –cuenta mentalmente- ¡Qué contrariedad! Siente enormes deseos de maldecir su suerte (ya de por sí maldita desde que recuerda) y vuelve a imaginar la sensación del hambre atroz, tan fuerte e insoportable, que te hace doler las tripas y el mismísimo corazón…
 
Y precisamente en ese instante en el que cree estar llegando al umbral de la ira y la desesperación, la puerta se abre de golpe y entra una personita con la cara radiante de felicidad que contrasta con la pesadumbre del rostro de la florista en cuestión. Es pequeño y algo desnutrido para su edad, pero vivaracho y juguetón como puede serlo todo niño de ocho años.  En sus manos sostiene una caja de regalo que muestra con aire de triunfo a la mujer que lo observa turbada.
 
-¡Mira, mamá, el maestro me dio el premio al alumno más aplicado de la clase! ¿Te gusta? –le dice, mientras saca de la caja una marioneta realmente hermosa.
 
Sin embargo, la mujer no ve en ella un juguete, ni siquiera el trofeo anhelado que cerca de cuarenta chiquillos se disputaron durante medio ciclo escolar. Simplemente ese objeto de madera pintada e inanimada se resume a un montón de alambres delgados que sus ojos, acostumbrados a tasar las pérdidas y ganancias de una vida miserable, han estimado como simple materia prima para cumplir el plazo de entrega de cuarenta ramilletes de flores de tela que se transmutarán en comida y alquiler para una madre soltera y su pequeño hijo…
 
Dos horas después, dentro de una minúscula vivienda de los suburbios, una florista descansa satisfecha al palpar en el bolsillo del delantal el pago por cuarenta ramilletes de flores de tela. Cierra los ojos y se recuesta en la cama para descansar después de las extenuantes horas de trabajo con la certeza del deber cumplido.
 
Al pie de esa misma cama, un pequeñito llora en silencio mientras guarda en una caja  de cartón los fragmentos de una marioneta cruelmente descuartizada. En el anonimato que lleva implícito la pobreza, comienza el duelo obligatorio de un niño que ignora que unas lágrimas más o unas lágrimas menos, tienen un ínfimo valor monetario en el mercado de la sobrevivencia humana… donde un alambre más o un alambre menos representan la diferencia entre comer o no comer, entre contar con un techo o ser echados a la calle para rodar sin rumbo por los senderos del desamparo y la indigencia.
 
Por: Adriana Zebadúa
February 13

NO ESTOY INTERESADA

UNA ACLARACIÓN A TODOS LOS QUE INGRESEN A ESTE ESPACIO (ESPECIALMENTE AL GÉNERO MASCULINO): NO ESTOY INTERESADA EN NOVIOS CIBERNÉTICOS NI EN RELACIONES POR INTERNET NI NADA QUE SE LE PAREZCA. TAMPOCO SOY UNA INCAUTA NI UNA NIÑA QUE SE CREA LO PRIMERO QUE LE DICEN, OK?? ESTE ESPACIO ES PARA QUE LA GENTE ME CONOZCA, SÍ, ES CIERTO, PERO SOBRE TODO QUE CONOZCA MI TRABAJO, EXCLUSIVAMENTE PARA ESO. ASÍ QUE QUIEN QUIERA PUEDE DEJARME UN COMENTARIO CON RESPECTO A LO QUE ESCRIBO, NADA DE MENSAJES PIDIÉNDOME QUE SEAMOS AMIGOS CON MIRAS A ALGO MÁS.
 
QUIERO QUE SEPAN TAMBIÉN QUE MI TIEMPO ES SUMAMENTE VALIOSO Y NO LO PUEDO PERDER CON GENTE QUE SE DEDICA A BUSCAR MUJERES PARA PASAR EL RATO.  SÉ LO QUE QUIERO Y A DÓNDE QUIERO LLEGAR, NADA NI NADIE ME LO IMPEDIRÁ. ASÍ QUE, POR FAVOR, NO PIERDAN SU TIEMPO CONMIGO PORQUE YO NO LO MALGASTARÉ CONTESTANDO MAILS O AGREGANDO GENTE A MI MESSENGER ASÍ PORQUE SÍ.
 
GRACIAS POR SU COMPRENSIÓN.
 
February 01

Con respecto a mis relatos

Leí un comentario en el que se me pregunta si no me da temor que alguien quiera plagiar algo de lo que he subido a este blog. Bien, pues quiero hacerles saber que los relatos que ven acá forman parte de un compendio de cuentos titulado: TRECE CUENTOS PARA NO DORMIR y el cual ha sido registrado desde mayo de 2007 ante el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Poseo el certificado que así lo reconoce, así como un número de registro. Así que lo comento para que si alguno de los que leen este blog, desea copiar algunos de mis cuentos, puede hacerlo siempre y cuando me envíen por lo menos un mail o me dejen un mensaje aquí, haciéndomelo saber. Ok?? Guiño
August 08

FALSO CORAZÓN

FALSO CORAZÓN

Amor mío, contra cualquier ciencia sigo viva,

Aunque este aliento que anima el cuerpo

Será todo, menos vida.

Si el corazón sigue latiendo

Es porque, inanimado, al fin

Una máquina es que obedece a la fisiología,

Porque yo ningún dominio tengo

Sobre este órgano ajeno y despreciado

Vacío de cualquier sentimiento

Que pudiera devolverme la existencia.

 

¿De qué sirve que al ritmo del infame tiempo

Siga latiendo sin cansancio?

Aun teniendo un “falso” corazón por dentro,

Sé que el real se fue cuando partiste

Aquella noche gélida y sombría,

Esa noche imborrable en mi memoria,

En la que sin piedad ni compasión

Me arrancaste con los dientes

Lo único que me mantenía con vida…

 

Ahora soy solo un espectro, una sombra,

Un grito lastimero y terrorífico

Que en la más densa obscuridad

Vaga sin rumbo, sin destino fijo,

Buscando en los escombros de la soledad

Migajas de lo que me hurtaste.

Un fragmento de ilusión,

De amor y de esperanza,

Que pueda devolver a este fantasma

El soplo que una vez le dio la vida… 

May 24

UNA VEZ MÁS

 

Me veo al espejo, la imagen que se refleja tiene algo de malicia e inocencia. Es agradable ver mi piel iluminada por los cálidos rayos solares que entran por la ventana abierta. Agradezco enormemente el silencio de los pensamientos que tan sólo emergen tímidamente en una sonrisa algo perversa, traicionando así el mutismo de la mente.

Te vi ayer por la noche en la celebración del compromiso de mi hermana Catalina. Me encontraba en un rincón del salón en el que la penumbra ocultaba en gran medida mi presencia. El tedio estaba a punto de vencer a mis pesados párpados haciéndolos presa fácil de un profundo sueño. Cuando el champagne estaba próximo a contribuir a dicho cometido, te vi atravesar con paso firme la estancia iluminada dirigiéndote sin vacilar hacia el lugar en que me hallaba.

Al principio, pensé que los no pocos tragos que mi cuerpo había ingerido, estaban haciendo de las suyas. Fue entonces cuando tu voz mencionó algo que me regresó de golpe a la realidad. No recuerdo con exactitud lo que dijiste, creo que encomiaste grandemente la pintura de Velázquez que adorna un tramo de las escaleras, yo te respondí que era el orgullo de papá y una herencia de familia. Pero lo que no puedo olvidar es el brillo de las pupilas dilatadas que me observaban insistentes. Tus ojos color miel me hechizaron sin remedio y la perfección de los rasgos cincelados de tu rostro, me quitaron el aliento por algunos segundos.

-¿Hacia dónde conducen vuestras escaleras? –preguntaste-, y al momento noté tu acento español. Sin saber qué responderte me limité a decir:

-A las habitaciones, naturalmente.

Una sonrisa misteriosa asomó a tus labios cuando agregaste:        

  -Naturalmente, claro. He sido un tonto, me he dejado deslumbrar por vuestra singular belleza, que competiría dignamente con la de la misma Venus.

Al decir esto, te inclinaste para besar mi temblorosa mano, lo que provocó un torbellino de desconocidas sensaciones desencadenadas por el suave contacto de tus labios.

Llamaron a todos a la mesa, la cena estaba a punto de servirse. Te alejaste perdiéndote entre los invitados cuando papá se acercó para escoltarme hacia el comedor. Mas yo, inapetente y sin ánimos de continuar escondiéndome en la anónima penumbra, me excusé con él asegurándole que la migraña me aquejaba nuevamente y que era necesario acostarme cuanto antes.

Ya en la alcoba, no me sorprendí cuando percibí un leve movimiento entre las sombras. Adiviné que estarías ahí. No sentí miedo, sólo sonreí maliciosamente para mis adentros. Tampoco dejé que Gertrudis me desvistiera como siempre lo ha hecho; por primera vez también, cerré con doble llave la pesada puerta de mi habitación. Ahora veo que fueron precauciones un tanto innecesarias, pues abajo la velada prometía ser larga y nadie notaría la ausencia de la insignificante hija menor de los Avendaño.

Frente al espejo comencé a desnudarme lentamente, seductoramente… Mi ampuloso vestido azul se deslizó sin mayor problema; a él le siguió el fondo almidonado que, al ser lanzado al pie de la cama, hizo su tan conocido: fru-frú al tocar el suelo. Alcé los ojos, observé nuevamente mi imagen en el espejo y entonces te vi una vez más.

Te acercaste en silencio colocándote detrás de mí. Tus ojos color miel brillaban como los de un gato en celo en esa sugerente oscuridad. Sin emitir una sola palabra, tus dedos rozaron como mariposas mis brazos subiendo hasta la curva de los hombros, deslizaste la mano izquierda sobre mi clavícula mientras tu diestra jalaba suavemente el lazo que ataba mis largos cabellos. Fue en ese instante que perdí la noción del tiempo y del espacio. No supe en qué momento tus manos lograron liberarme del diminuto corsé, sólo sentía que con cada beso que esparcías sobre mi espalda, me embestían desconocidas oleadas de placer.

Como una escultura de mármol permanecí inmóvil, de pie, a la vez que la palabra “excitación” comenzaba a tener significado introduciéndose en mí por cada poro y subyugando cada centímetro de piel. Me vi al espejo por tercera vez (ya liberada por completo de telas, encajes y listones), con arrogante vanidad femenina advertí que no habías mentido al compararme con la Venus mitológica. Sólo entonces tomé tus manos, las llevé hacia mi cintura y lamiéndome ansiosa los labios dije: -¡Bésame!

Nos besamos, mordisqueándonos juguetonamente. Seguramente habrás visto el brillo de impaciencia reflejado en mis ojos porque me llevaste a la cama, esa cama que tantas noches se humedeció de lágrimas, que me dio refugio en mi tormentosa soledad, que habría de enseñarme las bondades de la pasión desenfrenada.

Te desvestiste ¿o yo lo hice quizás? ¡Eso qué importa! Estaba hipnotizada, poseída de febril deseo. No sabía qué es lo que vendría aunque lo imaginaba a fuerza de leerlo tantas veces en los “libros prohibidos” que Catalina ocultaba cuidadosamente en su recámara. Sabía que no podía esperar más, te lanzaste sobre mí, dominándome. Un alud de caricias, manos explorando mundos desconocidos, besos sin control, jadeos acompasados y el sudor desbordándose por nuestra piel, desencadenaron una nebulosa de lujuria incontrolable.

Afuera comenzó a llover. Las gotas de agua golpeteaban los cristales de mi ventana, pero dentro la única humedad que percibíamos era la de nuestros cuerpos en excitante sincronía. Cuando por fin te recibí y te sentí dentro de mí, emití un sonido salvajemente gutural dejándome transportar hasta el Olimpo, emergiendo como Venus, de la espuma de un mar embravecido.

Ignoro la hora exacta en la que decidiste concluir nuestro festín, tan sólo recuerdo la mirada hechizante de tus ojos color miel y la sonrisa misteriosa al despedirte.

-¿Volverás una vez más? -pregunté ansiosa, con un movimiento de cabeza casi imperceptible aseguraste que sí y enseguida sujeté tus húmedos cabellos para besarte largamente, sin recato, sin temores fatuos.

El sol ya estaba lo suficientemente alto cuando abrí los ojos. Pensé que todo había sido un sueño o una visión ocasionada por el sopor del vino y el champagne de la noche anterior, mas no lo era: aún sentía el sabor de tu boca lacerando mi garganta.

Me he vestido y al observarme en el espejo, he querido evocar una vez más los sucesos que anoche me hicieron conocer un mundo jamás imaginado. Es por ello que sonrío, es ese el motivo que dibuja en mi faz una sonrisa maliciosa.

De pronto alcanzo a percibir algo extraño que ahuyenta estos vagos pensamientos: escucho murmullos, se siente demasiada agitación para ser un sábado posterior a una fiesta de compromiso. Alguien golpea insistentemente a la puerta y respondo: -¡Ya voy, en un momento estoy con ustedes!

Salgo de la habitación, camino por el pasillo, veo desconocidos recorriendo toda nuestra casa. Dos agentes policíacos hablan con mi padre, mientras que otros igualmente uniformados, entrevistan a los criados. Catalina llora lastimeramente y no sé la razón de toda esta faramalla. Pero de golpe lo comprendo… tengo que aferrarme con fuerza a los barandales de las escaleras en el momento justo en que me doy cuenta de todo: ¡El cuadro de Velázquez ha desaparecido!

Tengo en mis manos el diario vespertino, a estas horas de la tarde ya todos sabemos que el Velázquez ha desaparecido y con él los cubiertos de plata, las joyas de mamá y el dinero de la caja fuerte. Con rabia e incredulidad leo por tercera vez las letras dolorosamente enormes que encabezan la nota principal: “Misterioso ladrón de antigüedades perpetra asalto millonario una vez más…”

Continuará...

Adriana Zebadúa M.

UNA VEZ... Y PARA SIEMPRE

 

Me veo al espejo mientras Gertrudis coloca los últimos azahares en mis cabellos recién ensortijados. Sus manos diestras que alguna vez me acunaron, tiemblan de una forma casi imperceptible para el ojo ajeno, pero para quien ha visto en ella a una amiga, madre y confidente, estos detalles no pasan desapercibidos. La emoción la ha embargado por completo.

Ambas guardamos un silencio que ocupa toda la habitación, se percibe su presencia intimidante y una sensación inexplicable nos envuelve en una niebla de desolación. Desde que mi madre murió nadie ha estado en posesión de mis más íntimos secretos, a excepción de esta mujer que hoy tiembla con los nervios desbocados, como si fuese ella misma quien deberá jurar amor y fidelidad frente a un altar.

Mas esos leves signos de nerviosismo y el mutismo en que ambas nos mantenemos, no hacen sino prolongar la agonía durante estos últimos instantes en el hogar paterno; pues ni ella ni nadie sospechan que estoy totalmente aterrada ante mi inaplazable destino. La proximidad del momento preciso en que mi secreto, tan fielmente custodiado, deberá salir a la luz, es suficiente motivo para hacerme palidecer de miedo…

Después del robo ocurrido en casa hace tres años, ya nada volvió a la normalidad. Un torbellino de repercusiones terribles trastocó nuestras vidas por completo. Catalina se casó, pero su dote se redujo a la mitad ya que parte de las joyas hurtadas eran la herencia que mi madre le había dejado al morir. Mi padre se sumió en una profunda melancolía y jamás pudo recuperar el dinero robado ni pudo volver a presumir ante generales, banqueros y funcionarios de gobierno, su mayor orgullo: el cuadro de Velázquez. Tampoco volvió a celebrarse una fiesta en casa. Hasta los criados sufrieron las consecuencias, pues la mayoría de ellos fueron despedidos al caer sobre ellos las principales sospechas, quedándose a nuestro servicio sólo los sirvientes más antiguos.

Sin embargo, la mayor de las desgracias el destino las reservó para mí al verme burlada de la peor manera en que se puede ver burlada una mujer. Noche a noche las lágrimas me atormentaron sin remedio y el dolor fue mi único compañero en mis insomnios recurrentes. No volví a reír, no volví a soñar, ni volví a probar una sola gota de champagne… simplemente callé porque a nadie le hubiese importado conocer la desdicha de Regina, la hija menor de Don Nicolás Avendaño.

Ni siquiera recuerdo cómo una tarde me vi aceptando ser la futura esposa de un hombre viudo y adinerado que mi padre creyó el mejor partido para mí. Acepté porque fue la única alternativa posible para huir de esta casa donde la vida se esfumó junto con unos cubiertos de plata, las joyas de mamá, el dinero de la caja fuerte y un estúpido cuadro de Velázquez, cuyo hueco en la pared de las escaleras recuerda a diario mi tristeza y mi deshonra.

Hoy que he vuelto a verme en este espejo, no reconozco la imagen que éste me devuelve: rostro pálido, ojos sin brillo y un rictus que intenta parecer una sonrisa pero que muere en el instante justo en que unos ojos color miel acuden a mi memoria, como si ella los conjurase una vez más para atormentarme recordándome un fugaz momento de dicha que se perdió entre las sombras silentes del pasado.

-¡Te ves hermosa, mi niña! –me dice Gertrudis cuando con aire triunfante coloca el velo sobre la corona de azahares. –Serás la envidia de todas las jóvenes solteras.

-¡Tú sabes que nada de eso me interesa, nana!

- No hables así, Regina. Ya verás que pronto, cuando seas toda una señora, las cosas serán diferentes y tendrás todo lo que desees.

-Lo único que deseo es olvidar. –es la frase que emerge de mis labios espontáneamente.

En la casa no quedamos nadie más que Gertrudis, el mayordomo y yo. Todos los demás: familiares e invitados, se han adelantado para que la novia llegue al último. Cuanto más tarde, mejor. Esa es la tradición, absurda pero tradición al fin.

Salgo de la habitación, no puedo evitar que la tristeza oprima mi pecho. Me dirijo hacia las escaleras, observo detenidamente el espacio frío y descuidado donde hace tres años colgaba una pintura peculiar y cierro los ojos por un momento para agradecer al cielo el no volver a ver ese espacio nunca más. Quizás no me espere la felicidad pero, al menos, habré escapado de esta prisión y de los recuerdos que me persiguen como duendes maliciosos, aguijoneando mi alma sin mostrar piedad alguna.

Una voz familiar se escucha como si viniese de un lugar muy lejano. La voz de Luis, el mayordomo, me devuelve a la realidad y, como no he puesto atención a sus palabras, le pido me repita lo que acaba de decir.

-Acaba de llegar este paquete, niña. No tiene remitente. ¿Quiere que lo coloque en la biblioteca con los demás regalos?

Veo el tamaño y la forma del paquete, estoy a punto de decir que sí pues no tengo ánimos para abrir presentes ridículos enviados por gente que ni siquiera conozco; pero algo en su extraña forma me intriga y, contrario a lo que pudiese esperar, me escucho pidiéndole me entregue el regalo y me dirijo con él hacia la biblioteca.

Se cierra la puerta a mis espaldas. Tomo asiento. El paquete viene acompañado de una tarjeta anónima con la siguiente frase a la que sólo yo puedo darle algún significado:

 “Venus es la diosa del amor y la belleza, quien le empeña una promesa está obligado a cumplirla”.

Mis manos son presa de un temblor involuntario, mis piernas flaquean y mi mente es una vorágine de pensamientos que confunden los sentidos. Aún antes de abrir el regalo, mi corazón adivina lo que hay dentro. Desato los cordeles, rompo con ansiedad incontenible el papel y entonces veo aparecer ante mí, en toda su majestuosidad, el cuadro de Velázquez desaparecido misteriosamente tres años antes en la fiesta del compromiso matrimonial de mi hermana Catalina.

La puerta se abre, Gertrudis se acerca hasta mí y pone sus manos maternales sobre mis hombros. Me da un beso en la coronilla, como lo hacía cuando era una niña y me dice con la voz a punto de quebrarse:

- Niña, el coche ha llegado y te espera afuera. Anda, no puedes llegar tarde.

El velo oculta mi rostro y ella no puede ver las lágrimas que resbalan por mis mejillas pero sé que intuye que el corazón me late enloquecido. Nos abrazamos un momento y enseguida me acompaña hasta el umbral. Me da un rápido beso en la frente y lo último que veo antes de partir a bordo del coche de alquiler, es a mi nana diciéndome “adiós” con una mano mientras sus ojos me siguen con la vista hasta que el carruaje cruza la verja de la calle.

Mi mente intenta asimilar lo que acaba de suceder, todo esto me parece una broma fortuita hecha por alguna Parca mitológica que hila a su antojo mi destino. Sumida en estas cavilaciones no siento cuando el coche hace un alto en un recodo del camino. La portezuela de la derecha se abre, el dueño de los ojos color miel que me atormentaron en sueños durante tres años, se presenta ante mí como si fuese la materialización de mis más secretos pensamientos.

De nuevo estamos frente a frente. Como si el tiempo no hubiese transcurrido vuelvo a ser presa del mismo torbellino de sensaciones que me envolvió la noche en que nos conocimos. El sabor de sus besos jamás ha dejado de lacerar mi garganta sedienta. Al verlo sé que lo he esperado en secreto estos últimos tres años, disfrazando de odio, despecho y frustración el sentimiento que jamás pude reconocer con las palabras precisas. 

-Quise olvidarte. –Me dices sin mayores titubeos y enseguida añades: -pero hasta a un ladrón profesional la vida puede hacerle algunas bromas y el destino le reserva algunas sorpresas.

- Supe que cumplirías tu promesa –te digo, convencida al fin de mis palabras. –Te esperaba.

- Entonces robaré lo más valioso de esta casa, lo que no me llevé la primera vez. –Me dices con ese acento español que siempre anhelé volver a oír.

- ¿Y el Velázquez? –te cuestiono con la misma sonrisa maliciosa que vuelve a mí como un fantasma del pasado.

- Es completamente falso. –Y mientras aún pronuncias esta frase, colocas en mis manos dos billetes de barco y agregas: -pero esto no lo es ¿aceptas emprender conmigo la aventura más grande de tu vida?  

**********

EPÍLOGO:

Un domingo de agosto zarpó el barco “Buenaventura” del puerto de Veracruz con destino a un país del Mediterráneo y con 600 pasajeros a bordo. Entre ellos, Susana y Antonio Mendoza, quienes se casaron el segundo día de viaje, en medio de la algarabía general.

Un mes después, el navío atracó en un puerto de las costas de Francia. El matrimonio Mendoza se instaló en un pintoresco pueblo pesquero, donde abrieron un próspero negocio de compra y venta de antigüedades del que sólo se alejaban dos o tres veces en el año para adquirir sus mercancías, que por cierto, eran bastante demandadas por las clases altas de un gran número de países europeos, americanos y asiáticos.

Por la misma época, una misteriosa banda de asaltantes y estafadores, metieron en jaque a los legendarios cuerpos policíacos de Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia y Francia, sin que ninguna de estas organizaciones pudiese seguir la pista de los delincuentes ni capturar a los responsables de las desapariciones de joyas, cuadros y antigüedades.

En el pequeño pueblo de pescadores, el matrimonio Mendoza progresó contra todo pronóstico pesimista, siendo ejemplo de una familia unida, honesta y trabajadora para el resto de los habitantes al lograr sobrevivir a dos guerras mundiales junto con toda su fortuna.

Sus descendientes jamás conocerían el verdadero origen de sus riquezas ni podrían interpretar las miradas de complicidad y picardía que se dirigían cada vez que un periódico caía en sus manos dando cuenta de las noticias policíacas más recientes.

Tampoco entenderían la razón de ser de aquel gran espejo ovalado que existía en su habitación, ni sabrían que alguna vez Susana Mendoza, al otro lado del océano, fue bautizada con el nombre de Regina Avendaño ni que el honorable Antonio Mendoza era un ladrón profesional que una vez, y para siempre, robó el botín más valioso que nunca nadie pudo arrebatarle.

Adriana Z. M.

EL HUÉSPED DE LA TÍA CRISTINA

 

Como cada martes por la noche, Laura esperaba ansiosa al huésped que llegaba sin anunciarse a casa de la tía Cristina. Desde que quedó huérfana y se hizo cargo de ella su pariente más cercana, nunca había faltado a su cita el hombre que visitaba aquel domicilio en total clandestinidad.

Porque era un hombre, de eso estaba segura. Jamás lo había visto pero su presencia avasallante se percibía como el arroz colorado, recién hecho, que aromatizaba la cocina los días sábados.

Sin embargo, no había podido enterarse del motivo exacto que obedecía a visitas tan metódicas. Lo único que había logrado averiguar entre guiso y guiso de la tía Cristina, es que se trataba de un comerciante que viajaba cada semana para vender sus mercancías en el pueblo vecino.

Pero con todo y sus catorce años a cuestas, Laura no se inmutaba ni un ápice con la letanía que lanzaba cada lunes la tía cuando le ordenaba preparar la alcoba de siempre para aquel extraño visitante: que “no seas metiche”, “deja de incomodarme”, “vete a cumplir con tus tareas y no hagas preguntas tontas” sin embargo, lo que no podía soportar, era aquella cara infalible de mártir cristiano que le dedicaba cuando las preguntas llegaban a colmarle la paciencia porque, entonces, la observaba desde un mutismo inquebrantable que más valía dar la media vuelta so pena de ser enviada a la cama sin cenar.

De modo que ese martes, como cada uno de los que había pasado en esa casa añeja desde que tenía cinco años, Laura no podía pegar el ojo ni espantar su insomnio contando uno, dos y hasta tres rebaños completos de ovejas. La cama era una tortura, una plancha de tormento que amenazaba con oprimirla contra el techo para convertirla en un emparedado humano…

Porque sin conocerlo, sin haberlo visto en la penumbra siquiera, Laura había dejado volar su imaginación dándole un nombre, un rostro, una vida que envidiaría cualquier galán de telenovela. Cada semana la historia cambiaba a su antojo y podía tratarse de un amante encubierto, un prófugo de la justicia o hasta de un alma en pena escapada del averno.

Esa semana tocaba convertirlo en un general retirado del ejército, para más exactitud un francés que luchó en el frente aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Conoció a la tía en un trasatlántico y después de varias semanas de viaje, tuvieron que separarse para continuar con sus destinos: Cristina se casó, enviudó, sin embargo, jamás olvidó a su primer enamorado. Un buen día se toparon en plena calle principal y ya no pudieron separarse nunca, pero para cubrir a su dama de las habladurías, decidió visitarla en secreto cada martes por la noche.

Y así habrían podido pasar muchos otros martes, si aquella noche en especial, la curiosidad de la jovencita no hubiera llegado a su límite y si no hubiera llovido con tantos truenos y relámpagos que amortiguaban cualquier otro sonido. Sin pensarlo dos veces, se le cruzó la idea de llegar al fondo del asunto a como diera lugar. Se levantó del lecho, se enfundó las pantuflas y recorriendo los pocos metros que la separaban de la recámara vecina, abrió la puerta y entró en la habitación del huésped misterioso…

Olía a lavanda. Las sábanas de lino estaban recién lavadas y planchadas con el sello de pulcritud de la tía Cristina. Las cortinas estaban corridas para que la brisa nocturna ventilara la estancia. Todo en ella anunciaba amor y juventud, peligro y placer.

Laura sonreía satisfecha por haber dado el paso decisivo cuando escuchó un murmullo apenas perceptible, pero que sus oídos acostumbrados a escuchar aún a través de las paredes, captaron enseguida. No podía escapar por la puerta puesto que por ahí habrían de entrar los amantes… así que lo único que se le ocurrió en las escasas fracciones de segundo que siguieron a su sorpresa, fue esconderse en el antiguo armario que se situaba frente a la cama de latón.

Lo que ocurrió después aún lo recuerda con lucidez como si los años no hubieran pasado sobre ella. La tía Cristina era toda risas, toda amor. Con una mano sujetaba al hombre misterioso y con la otra se desabrochaba el vestido azul que sólo usaba en bodas y cumpleaños.

Se lanzaron a la cama convirtiéndose en una madeja de besos, abrazos, muslos, gemidos y humedad. Cuando una tregua en las piruetas permitió ver la cara de aquel contorsionista, Laura descubrió que el amante no era otro que el mismísimo cura de la parroquia de San Isidro. El padre Juan Constancio sudaba toda su castidad vociferando salves, aves marías y uno que otro Ángelus cuando la tía lo elevaba hasta el quinto cielo haciéndolo gritar de placer, mientras la joven observaba toda aquella bacanal por una rendija indiscreta del armario.

Después de su primera clase visual de sexo, religión y latín chapucero, a Laura se le olvidaron todas las historias inventadas en torno al amante de la tía Cristina y se le quitó la manía de meterse donde no la llamaban, aprendiendo a ver, oír y callar por su propio bien y por salud mental de los demás.

Tampoco está de más decir que nunca quiso volver a escuchar misa en la parroquia del padre Juan, y si fue, jamás pudo confesarse porque cada vez que se hincaba para decir el saludo de rutina: “sin pecado concebida…” le daba tal ataque de risa al recordar los retozos clandestinos del cura y sus plegarias nocturnas en el lecho de la tía Cristina, que tenía que salir corriendo de la iglesia para no estallar en carcajadas irreverentes.  

Adriana Zebadúa M.

April 18

TENDRÍAS QUE HABERLA CONOCIDO

 

Tendrías que haberla conocido, era una hembra de a de veras, no un simple espantapájaros con faldas como las que se dan por aquí, no, era una mujer en toda la extensión de la palabra…

Sí, me acuerdo todavía del día que llegó a San Isidro. Bajó del camión con dos enormes maletas sucias por el polvo del camino… ¿Te acuerdas de que en aquel tiempo todavía estaban terminando la carretera? ¡Pobre, creo que venía molida por los tumbos que daba ese autobús viejo!

Se veía rechula con aquel vestido de flores anaranjadas que se pegaba al cuerpo empapado del sudor que sólo el trópico te puede provocar. Era alta, delgada, con esa piel demasiado blanca que se ve poco en estos lugares y a eso agrégale una carita tan linda como la de la mismísima Virgen del Rayo… no, no te rías que no estoy exagerando.

¿Pero sabes qué fue lo que más me gustaba de ella? Sus cabellos largos y rizados, con ese color negro que sólo podría compararlo con el de las noches sin luna. Nada de pintarse el cabello como las muchachas de ahora que pasan del rubio al rojo como si de mudarse la ropa se tratara, ella era auténtica y original en todo lo que hacía…  

Si te digo que tendrías que haberla conocido, yo puedo describírtela pero jamás voy a hacer que te la imagines tal y como era. Porque tú te fuiste a trabajar desde chamaco a la hacienda de Don Sixto y no volviste al pueblo hasta que tu patrón se murió y todos los peones se quedaron sin trabajo y pues ya no te quedó de otra más que regresarte… pero ya estoy saliéndome del tema… ¡como se nota que me estoy haciendo viejo! Entonces ¿en qué estábamos? ¡Ah, sí, te estoy contando de cómo conocí a aquella mujer!

¿Qué te diga su nombre? ¡No, pos eso sí no te lo voy a decir! Prefiero guardármelo para mí solito. Además, cada vez que lo pronuncio a solas vuelvo a sentir esa “cosquillita” que me recorrió el cuerpo el día en que ella se presentó y nos dijo su nombre. Lo repito cada vez que quiero recordarla, suena tan bonito que se me pone la piel chinita, chinita…

Tenía marido, o al menos eso decía ella. Aunque las viejas chismosas del pueblo siempre creyeron que era mentira porque nunca se le vio con ese hombre por aquí y hasta llegaron a inventar que era divorciada o alguna madre soltera que ¡vayan a saber dónde había abandonado a su hijo! Pero tú ya sabes cómo es la envidia… como era bonita, joven y muy inteligente, a nadie le cuadraba el que todos los hombres (solteros, casados, viudos, jóvenes o viejos) la voltearán a ver cada vez que hacía sus diligencias en el pueblo.

¡Nomás de acordarme cómo se ponía verde del coraje la “Chuzi”, que en aquella época era mi novia, me entran muchas ganas de reír! Me decía: -¿Tú qué le ves? ¿A poco te gusta esa ñora? Y claro, tenía que decirle que no, que estaba loca, que no fuera celosa… pero a lo macho te digo que sí me gustaba, y mucho… porque no era una “ñora”, calculo que tendría sus veintisiete o veintiocho años en aquel tiempo. Aunque eso sí, jamás pasó por mi cabeza nada cochambroso ni guardé ninguna esperanza de aspirar a algo más íntimo con esa mujer.

¡Pero ya ves, suertudos que habemos! El día que entró en el salón de tercer grado y nos dijo el director que ella iba a ser nuestra nueva maestra ¡casi me desmayo de la impresión! En aquella época éramos pocos los que podíamos entrar a la secundaria pero tú sabes cómo era papá, se le metió en la cabeza que todos sus hijos estudiaran para no quedarse de brutos como él y por eso es que tuve la suerte de ver frecuentemente a aquel monumento de mujer. Tú fuiste el único que se emperró en no estudiar más que la primaria y por eso te largaste a trabajar… por eso no la conociste.

La veía a diario. Era bonita, ya te he dicho, pero se veía más chula cuando se ponía nerviosa porque entonces jugueteaba con sus rizos enrollándolos una y otra vez entre los dedos hasta que le ganaba la risa y, cuando eso sucedía, yo sentía algo adentro, una sensación muy rara, como si se me metiera algo de ella acá en el pecho…

También me gustaba oírla hablar. Decía cosas interesantes y enseñaba muy bien todas las materias, lo que sea de cada quien, pero la mera verdad es que yo no le ponía atención a las lecciones porque sólo miraba embobado el movimiento de sus labios hasta que el timbre de salida me obligaba a despertar de ese sueño para regresar a casa.

De ahí no habría pasado la cosa si no hubiera llegado la sequía, aquella “bendita” sequía. Ya ves cómo era papá… Cuando el agua empezó a escasear se ofreció con la maestra para acarrearle agua todos los días y nos turnaba a cada uno de sus “chamacos”, como él decía, para llenarle la pila de su casa.

El día que me tocó surtirle el agua, ella me pidió con esa vocecita que me enchinaba la piel, que le llenara el tambo del baño para “poderme refrescar un poco” me dijo. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos desnudos dentro del baño… sí, te juro que no sé muy bien cómo terminamos así pero es que tampoco se me ocurrió ni salir corriendo, ni volverme a vestir, ni nada, sólo me dejé hipnotizar por aquella mujer y sus encantos… Desde esa tarde se me metió en el corazón como ninguna otra después de ella.

Hice el amor por primera vez con mi maestra. Te digo que fui un suertudo, porque no sólo era rechula por fuera sino que me enseñó y me hizo sentir algo que nunca más he podido volver a sentir… ni siquiera con las famosas putas del pueblo de Agua Fría que dizque son muy experimentadas… y es que no es tan fácil olvidarse de una mujer como ella, te digo, si la hubieras conocido tal vez habrías hecho lo mismo que yo porque “¿a quien le dan pan que llore?”

Nunca fui tan feliz como aquella noche en que, estando abrazados y sudorosos después de hacer el amor, me dijo viéndome a los ojos con toda la seriedad del mundo: -“Te quiero, Toño”. ¡Te juro que nunca he vuelto a ser tan feliz! Con decirte que me propuso huir, sí, escaparnos para nunca más volver a este lugar y no sé por qué no lo hicimos esa noche… ¡No sé por qué no le tomé la palabra y me largué con ella!

Al amanecer del día siguiente fue cuando se armó todo el escándalo. No supimos cómo ni quien fue con el chisme, pero aquel día todo el pueblo se juntó fuera de su casa y nos obligaron a salir y dar la cara… ahí estaba el Profesor Benítez, director de la secundaria; el cura Juan Constancio (¿te acuerdas de él?), Don Esteban del Porte quien era el alcalde en ese tiempo, mis compañeros de grupo, todas las viejas chismosas de San Isidro, la “Chuzi” y hasta el frente estaba papá con esa cara de ira y dolor que nunca he podido olvidar…

A mí, “el viejo” me agarró de los cabellos, me llevó hasta la casa y me pegó hasta que se le engarrotó la mano, pero te aseguro que yo no sentía nada y sólo me preocupaba el que no volviera a ver a aquella mujer. ¡Con decirte que hasta pensé que iban a lincharla por mi culpa!

No me dejaron volver a la escuela hasta que se hubo calmado todo y, aunque hice hasta lo imposible para escaparme y mandarle algún recado, todos mis amigos me dieron la espalda y corrí con la mala fortuna de no poder volver a cruzar una sola palabra con ella…

La acusaron de todo lo que puedas imaginar: deslealtad y descrédito a la profesión, de corrupción de menores, de estupro ¡y hasta de adulterio!… Creo que la obligaron a irse de este lugar amenazándola con acusarla ante los tribunales y perder no sólo su plaza en el magisterio sino perder también la libertad…

Ya no supe más de ella. Las malas lenguas contaron que se fue así como había llegado: con dos maletas empolvadas, aunque yo he llegado a pensar que se llevó también algunas lágrimas de más y la pena de no haberme podido decir “adiós”.

Algunos días después me dejaron regresar a la escuela, aunque ya no pude ser el mismo chamaco alegre y juguetón… mamá y todas sus comadres siempre se la vivieron diciendo que la maestra me había embrujado con quién sabe cuántas mañas y estuve todo un año aguantando sus menjurjes y bebiéndome toda una sarta de brebajes, que dizque para “alejar el mal”. ¡Hasta llegaron a creer que me había vuelto loco! ¡Puras bobadas de gente ignorante que no sabe que cuando una mujer se te mete hasta los tuétanos no hay ciencia ni brujería que te la saque!

Lo único que conservo es una foto de ella. Ya que no la conociste y, como hace casi veinte años que se fue para siempre de este pueblo, creo que a ti, mi hermano, puedo mostrártela para que entiendas por qué esa mujer se me clavó en el alma… ¡Mírala, si te he dicho que era bonita, la condenada!

¿Cómo sabes su nombre? Sí, se llama Luz María pero… tú no la conociste, no te creo, seguro alguien del pueblo ya se me adelantó y te fue con el chisme ¿verdad? Es que tú no pudiste conocerla porque en ese tiempo andabas por el rumbo de Agua Fría… ¡Ah, qué bromista regresaste, hermanito!

¿Dices que llegó a aquel lugar para dar clases también? ¿Entonces la reubicaron en alguna otra escuela? Pues entonces me alegro de que la hayan reubicado y que haya podido continuar ejerciendo su profesión porque lo hacía muy bien. Cuéntame qué fue de ella ¿en verdad estaba casada? ¿Tuvo hijos? ¿La has visto últimamente?

¿¡Fue amante de Don Sixto Grajales!? No, eso sí no te lo puedo creer, ella no era de “esas”… no, no era de las mujeres que puedan venderse por dinero, seguramente te estás equivocando, a lo mejor hablas de una Luz María distinta a la que yo conocí… si te digo que no era así… tú no la conociste.

¿Y por qué estás tan seguro de que la conociste? ¿Qué dices? ¿Tú viste el acta de defunción? Luz María Coutiño Gálvez… sí, ese era su nombre… pero…¿De qué murió? ¿Hace cuánto tiempo?

¿¡La mataron!? Entonces dices que la encontraron al fondo de una cañada con dos balazos en la espalda… ¿La “ley fuga” tal vez? Sí, imagino todo lo que dijo la gente al saber de una muerte así… no, ya ni le sigas, si hay que ver las cosas que se inventa la gente chismosa... ¡Mira la hora que es! Anda, ya vete a dormir que mañana hay que madrugar para ir a la ordeña y hablar del pasado siempre quita el sueño. ¡Ándale, ya vete a acostar!

Sí, que se duerma, mejor así… Prefiero quedarme a solas con mis fantasmas y conservarlos sólo para mí. ¿Pensará que le voy a creer? ¡Eso me saco por ser tan “boca floja”! ¡Como si no supiera cómo son en este pueblo! Son capaces de haberle pedido a mi propio hermano que me inventara lo de la muerte de ella para que de una vez por todas me cure de sus recuerdos. ¡Ja! No sé por qué le tuve que contar todo si nadie más pudo haberla conocido mejor que yo… no, si nadie más puede experimentar lo que siento cuando repito una y otra vez ese mágico nombre de mujer: ¡Luz María, Luz María, Luz María…!

ADRIANA ZEBADÚA

 

February 02

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January 17

ÁNGEL DE PAPEL

 

Sus pupilas estaban fijas en un punto de fuga imaginario en el que los límites entre realidad y ficción se perdían en la inmensidad de un mundo propio e intangible. Los ojos verde aceituna eran los de una santa experimentando un éxtasis contemplativo. Así encontré a “la nena” al llegar a ese barrio lejano de una ciudad cuyo nombre ya no tiene ninguna importancia.

Había recorrido más de tres kilómetros en espera de encontrar la dirección que buscaba sin lograr otra cosa que perderme una y otra vez en callejuelas uniformes. Luego de haberme regañado por lo menos un ciento de veces por mi pésimo sentido de la ubicación espacial, llegué a las puertas de una vecindad bastante aceptable, a juzgar por las otras que había visto a mi paso, tan sucias y viejas como la mayoría de sus habitantes.  Saqué un pequeño papel de uno de mis bolsillos y constaté la dirección: calle…. número 38, alegrándome por mi suerte que al parecer, se había tornado venturosa.

- Buenas tardes, doña. Vengo por el anuncio del periódico, ¿aún tienen un cuarto en alquiler? -Me dirigí a una mujer de mediana edad que barría con insistencia los tres escalones que unían el portal con la acera.

- Sí cómo no, pase usted.

Luego de preguntarle por el precio y enterarme, para mi satisfacción, que no compartiría el baño con otros inquilinos, la seguí casi hasta el fondo del pasillo para que me mostrara la habitación que pretendía alquilar.

- Es pequeña, pero los ruidos de los vecinos no se escuchan hasta aquí y además está recién pintada. –me decía mientras sacaba un manojo de llaves de uno de los bolsos de su delantal.

Entramos, de inmediato supe que me quedaría en aquel lugar. La renta era bastante razonable, no pedían ninguna referencia y dada mi situación económica y la dificultad que sin duda enfrentaría para obtener un empleo, no podía pretender algo más que lo que tenía ante mí: una cama, una cómoda desvencijada y dos sillas que habían sido reparadas una y otra vez.

- El pago es un mes de depósito y un mes por adelantado –me dijo la mujer con una voz fría y autoritaria, que hasta ese momento no le había notado. Sin objetar nada, coloqué en sus manos la cantidad que me pedía y con una sonrisa que mostró dos imponentes dientes de oro, dio la media vuelta regresando a sus quehaceres.

-¡Quítate del paso, chamaca! ¡Cuándo vas a aprender a no estorbarme, jija de la ch….!

Una voz aguardentosa se escuchó a mis espaldas al mismo tiempo que un hombre harapiento y con señas de no haber tocado el agua y el jabón en mucho tiempo, me embistió sin el menor pudor al pasar junto a mí. Turbado aún por la reacción violenta de semejante individuo, observé que en la habitación inmediata a la mía, justo en la puerta, estaba sentada “la nena” con los ojos viendo a la nada, abstraída por completo en su universo personal. Hasta ese momento no me había percatado de su presencia y ella, en lo sucesivo, muy poco se percató de la mía. Así fue mi primer encuentro con ese pequeño ángel de ojos verdes que literalmente se interpuso en mi camino.

Lo que temí desde mi llegada a la vecindad se tornó en una cruda realidad: la dificultad para obtener un empleo era más grande de lo que pude imaginar. A diario regresaba a casa (si a esa humilde alcoba se le pudiera nombrar de esa forma) con las ansias de ser recibido por unos brazos femeninos que me otorgaran algunos instantes de tranquilidad para olvidarme de la terrible situación en que me hallaba: sumido en la desesperación y la miseria. Lo único que me encontraba al regresar era el rostro de “la nena” que me miraba sin mirar, sus enormes ojos verdes me calaban hasta lo más profundo del corazón, otorgándome breves segundos de felicidad o lo que sea que fuere más cercano a ella.

No parecía tener más de catorce años, pero la mujer de la dentadura de oro me puso al tanto de que “la nena” era huérfana y al parecer, ya rondaba los dieciséis, información que me sirvió para constatar que no era un espectro ni un invento de mi imaginación. En las semanas que siguieron mi suerte no cambió en lo absoluto pero al menos, noté para mi sorpresa que la mirada de “la nena” se fue dulcificando poco a poco al grado de verla sonreír en tres o cuatro ocasiones antes de que ideara una estrategia eficaz que me permitiera formar parte de su mundo.

Quizás fui su primer amigo, eso nunca lo sabré. Simplemente una tarde me senté junto a ella decidido a enseñarle la magia de la técnica del “origami” que alguna vez aprendí y que es la única de las artes que un tipo como yo podría haber dominado. Al principio me dedicó miradas de recelo e incredulidad, pero al ver surgir de una ordinaria hoja de papel figuras tan diversas, sus ojos cobraron vida y brillaron con un fulgor indescriptible que me devolvió las ganas de vivir, concediéndole un sentido a mi existencia.

Sus dedos eran ágiles y pronto esas manos magulladas por los quehaceres domésticos, acunaron orgullosas la colección de figuras del zoológico personal que poco a poco fuimos acrecentando. Fue así como logré que cada tarde, al regresar de mis andanzas infructuosas, me encontrara a la puerta de la vecindad a ese ser extraordinario que me profesaba una devoción casi religiosa, sin importarle lo que era, lo que soy y lo que habría de ser…

La noche del 15 de junio llovía como no recordaba haber visto llover desde mi reincorporación al mundo real y cotidiano. El agua golpeaba los techos de algunas viviendas de lámina, impidiéndome conciliar el sueño. Aunque de cualquier manera no hubiese podido dormir aquella noche, los ojos verdes de “la nena” me perseguían en sueños desde hacía más de una semana y apenas lograba cerrar los míos cuando ya los suyos se divisaban en mi mente atormentada.

Un trueno retumbó y, pese al estruendo característico, alcancé a escuchar un ruido sordo y ahogado… como el de un golpe amortiguado, después volvió a reinar un profundo silencio. Intenté incorporarme para escuchar con mayor detenimiento, entonces oí gritar a “la nena” como un alma en pena que emite lamentos en mitad de la noche. Agucé mis oídos, pegué la oreja derecha a la pared y pude percibir con claridad una voz aguardentosa al otro lado del muro de mi habitación…

Abrí la puerta, una ráfaga de aire me dio de lleno en el rostro al tiempo que enfilaba hacia la vivienda que estaba al lado de la mía. Llamé dos o tres veces, la puerta no se abrió, golpeé con mayor autoridad y al no recibir ninguna respuesta, intenté ingresar por mis propios medios. Dos patadas bastaron para que cediera la puerta, entonces pude entr