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Adriana Zebadúa

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Mido 1.68 mts de estatura, ojos cafés, cabello lacio y negro.

Soy platicadora y optimista, me agrada encontrar nuevos amigosyamigas. En pocas palabras soy sencilla y puedo ser una gran amiga.

"Escribo para ser de carne y no de piedra como una escultura, no escribo para que me acepten, sino para que me sientan, no escribo para cambiar el mundo sino para crear un universo propio donde todo puede suceder, escribo, en resumen, para construirme a mí misma de sentimientos, sueños, alma y fantasía…"

Adriana Z. M.

SUEÑOS, DESVELOS Y DUERMEVELAS

Escribo para ser de carne y no de piedra como una escultura, no escribo para que me acepten, sino para que me sientan...
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March 21

IN CRESCENDO

Me llamo Mercedes, para más exactitud y precisión en mis datos he de decir que fui bautizada como Mercedes Fernández Guadarrama y llegué al mundo el 20 de junio de hace veintitrés años en esta misma casa. Dejo constancia de estos datos no sólo para que quien lea estas cuartillas sepa que mi historia es verídica, sino también para que yo misma esté segura de que aún queda en mí algo de lucidez.

La naturaleza se empeñó en negarme la salud completa y mis padres se encargaron de acrecentar esa brecha, cada vez mayor, que se abría entre el resto de mi familia y yo. No les reprocho sus cuidados ni sus excesos, todo lo contrario, pero algunas veces me he preguntado si realmente valió la pena el haberme privado de momentos irrepetibles con tal de no provocar mayores estragos en mi cuerpo frágil.

He pasado prácticamente todos mis días dentro de esta casa silenciosa y triste, incluso he llegado a creer que algo de ella se ha adueñado de mi temperamento. Atendida por algunos, ignorada por otros, he venido a ser una parte del mobiliario de esta casa, a la que muy pocas veces he llamado “hogar” porque para mí está muy lejos de serlo.

Las únicas diversiones, el único aliciente para continuar con esto que algunos llaman vida y que yo no sé cómo nombrar, ha sido devorar el contenido de la biblioteca familiar que se fue acrecentando con el transcurrir de las generaciones y el sentarme a tocar el piano que mi padre me regaló el día que cumplí quince años mientras me observo en el enorme espejo que cuelga en uno de los rincones mejor iluminados del salón.

Ver mi imagen reflejada en el espejo de marco dorado que ha permanecido en ese mismo sitio desde hace más de un siglo, siempre despertó en mí una sensación extraña. Nunca fui vanidosa ni me empeñé en resaltar una hermosura que jamás fue tal, sin embargo, debo admitir que desde pequeña he experimentado una satisfacción auténtica al ver mi rostro en aquel viejo óvalo de vidrio que cuelga en un extremo del salón. Quizás haya sido una forma de “escapar” a otra dimensión, de viajar a un sitio alterno en el que podía ser una mujer libre; tal vez sólo fue la manera que encontró mi mente para mantener por años la cordura. Sin embargo, de esto último, como he dicho antes, ya no estoy segura…

Todo empezó hace unas dos semanas, cuando sentada frente al espejo de la sala, leía una novela de aventuras enviada desde Madrid por mi hermana mayor. No era muy tarde pero en esta casa enorme en la que los silencios devoran cualquier sonido, la quietud era tan lóbrega como un callejón oscuro a medianoche. Decía, pues, que leía con la mayor concentración posible, cuando de pronto, sin saber por qué, algo me hizo levantar la vista del libro y detenerla en mi fiel compañero: el espejo del salón.

Al principio no fui consciente de nada extraño o fuera de lo normal, pues el espejo me devolvía el reflejo de un rostro femenino joven, translúcido, delgado, con pómulos altos, boca pequeña, ojos negros y cabellos largos del mismo tono; es decir, tal cual es mi aspecto en la realidad. Sin embargo, detrás de mí, o mejor dicho, detrás de mi reflejo se veía una especie de sombra diáfana inmóvil que en aquel momento no pude definir con exactitud pues al primer parpadeo se esfumó del sitio que ocupaba.

En ese instante pensé que todo había sido producto de mi imaginación o de mi enfermedad y no tuve un motivo preciso para sentir miedo. Simplemente lo dejé pasar y continué con mi lectura.

Pero a los pocos días sucedió algo que estuvo muy lejos de ser atribuido a una mala jugada de mi mente febril. Esa noche, por segunda vez, pude ser testigo de que algo o alguien está aterrándome para divertirse conmigo.

Tocaba mi pieza favorita en el piano tratando de conciliar el sueño pues todos en casa dormían desde hacía horas. Como ya he dicho antes, disfruto de verme reflejada en el espejo antiguo de la sala y mientras mis manos recorrían de memoria las piezas del teclado, fijé mis ojos en aquel objeto seductor. Y entonces lo vi ¡Juro por todos los santos del cielo que vi a un hombre de pie detrás de mí!

Como es de esperarse, giré la cabeza con toda la rapidez posible pero no encontré a nadie en el sitio que aquel ser ocupaba segundos antes. Respiraba con dificultad, todo el salón estaba en penumbras y completamente desierto, fuera de mí no había nadie más en aquella habitación. Mis manos se habían crispado de terror sobre el teclado. Poco a poco me puse de pie y cuando estaba a punto de reírme de mi miedo injustificado, atribuyéndolo al insomnio y a la oscuridad de la noche, volví a fijar la vista en el espejo y entonces pude ver en él a un hombre que esgrimía un puñal moro plateado mientras me dedicaba una sonrisa maléfica, mefistofélica y sus ojos despedían una furia animal.

No recuerdo más, mis padres dicen que en mitad de la noche escucharon un alarido terrible, casi sobrehumano y que poco después, al bajar precipitadamente, me encontraron desmayada en el centro del salón. Cuando volví en mí no logré hilar las palabras hasta muchas horas después, palabras que, por supuesto, nadie creyó.

Desde el día en que sucedió el extraño episodio frente al espejo, me he rehusado a salir de mi habitación y supliqué a mis padres, entre gritos y sollozos, que sacasen de mi alcoba cualquier espejo o cosa semejante. Ellos, como era de esperarse, al verme tan alterada y por orden del médico de la familia, hicieron lo que les pedí aunque no pudieron comprenderlo.

Mas ninguna de esas precauciones han bastado, desde aquella noche he padecido un terrible estado de angustia e impotencia, de terror exacerbado, de vigilia constante. Casi no he dormido y, en los breves instantes en que lo he hecho, despierto gritando, recordando a un hombre que me persigue en sueños con un arma de plata en la mano. Ignoro qué o quién sea, así como el motivo de su ensañamiento conmigo: una joven enferma que ningún mal ha hecho en la vida. Sólo sé que ese ser venido desde quién sabe dónde me odia y no descansará hasta aniquilarme por completo, lo ha hecho ya con mi razón, únicamente falta dar el golpe final, encontrar el momento justo para lograr lo inevitable.

A toda hora escucho murmullos, jadeos inexplicables, risas burlonas y, tras de todo ello, mi nombre repetido una y mil veces: Mercedes, Mercedes, Mercedes… Precisamente ahora él está aquí, detrás de mí, percibo su aliento, su presencia maligna y perversa. No me da tregua, no me la concede, quiere sangre, se alimenta de muerte y yo soy su presa, su presa predilecta, me lo ha dicho.

¡Ya no puedo continuar con esto! Estoy atrapada, acorralada, dominada por el pavor que me inspira un ser al que no sé si yo misma hice venir desde su mundo o es que él me ha trasladado al suyo. Tiembla mi mano al escribir estas frases. Pero aún con todo y eso dejaré constancia de lo que finalmente me orilla a tomar una decisión. La Decisión.

Ayer por la tarde a la hora del baño, en el momento en que introduje un pie en la bañera observé por encima de mi hombro, reflejado en el agua tibia, el rostro demoníaco de aquel ser aterrador que de un solo tajo me degollaba, o mejor dicho, degollaba mi reflejo. Muda de terror observé, a través del agua, la escena de mi muerte a la vez que el hombre de mis pesadillas permanecía impávido disfrutando ver caer la sangre sobre mi cuerpo. ¡No encuentro palabras para poder trasladar al papel lo que sentí! Ni siquiera sé cómo pudo resistir mi corazón ese trance monstruoso. Lo único que sé es que el alma me abandonó de golpe unos segundos y con ella se esfumó toda esperanza.

Después de ese vistazo adelantado de mi fin supe que mi suerte estaba echada. Mas de una cosa estoy segura: No será ese ente maléfico quien me quite la vida. ¡Con los últimos bríos que me quedan juro que no permitiré que se alce con la victoria absoluta! Por ello he decidido armarme de todo mi valor y bajar al salón ahora mismo, aprovechando que todos en casa duermen la siesta, para estrellar contra el suelo, de una vez por todas, al causante de mi desgracia.

¿Y después? El resto del trabajo lo hará el contenido del frasco diminuto que hurté del maletín del médico la última vez que estuvo aquí. Dejaré que se cumpla mi destino, el cual asumí desde siempre. La muerte toca a mi puerta, lo sé, pero seré yo misma quien atienda.

No se culpe a nadie de mi muerte… si acaso, cúlpese al espejo antiguo del salón y a mi embeleso irracional de contemplarme días tras día, año tras año, en ese óvalo del tiempo, esa puerta dimensional desconocida que se abre detrás de cada espejo.

December 04

CRIMEN

      Llovía. Una hora después sólo habría de recordar la sensación de los pequeños riachuelos de agua recorriendo su cuerpo de arriba abajo. Pero de eso apenas era consiente en aquel momento, pues su mente no registraba ninguna otra información que no fuese la que había ocupado sus pensamientos a lo largo de las últimas dos semanas: deshacerse del huésped incómodo que había invadido su hogar el día de su cumpleaños.

No se trataba de un ser de costumbres raras, ni siquiera de un amigo en apuros económicos o emocionales. De hecho hubiese preferido tener bajo su techo a un familiar indeseable antes que compartir su tiempo y espacio con aquel “personaje” chocante en grado superlativo, el cual había convertido en una pesadilla los días posteriores a su llegada.

Ese día lo vio aparecer ante él haciendo alarde de su majestuosidad, sin embargo, supo que ese halo era pura y vana apariencia. Y supo también, en el mismo instante en que sacó para sí esa conclusión, que nadie, ni siquiera todas las fuerzas sobrenaturales del orbe, habrían de obligarlo a mantener en su hogar  por tiempo indefinido a ese ente abominable que, de tan solo mirarlo, producìa un prurito no localizable.

Compartieron techo durante tres largas semanas. Él, Jeremías de la Garza, dueño y señor de un pequeño departamento de los suburbios, de oficio redactor de la sección cultural de un periódico local y soltero por conveniencia y convicción (aunque sus compañeros aseguraran que lo era por simple resignación), hombre para quien el tiempo no tenía precio, metódico incorregible, había sido invadido en su intimidad por aquel intruso tan diferente a él. ¡Tan endiabladamente diferente a él! Sin oficio ni beneficio, concebido en un mundo tan dispar al suyo y sin nada nuevo qué aportarle.

Cada noche, al volver del trabajo y después de prepararse la misma cena de siempre, encendía el televisor para ver el noticiero nocturno y alcanzaba a divisar, por un rabillo del ojo, a esa “presencia” extraña que lo observaba despatarrado desde el sofá desteñido de la sala o desde el comedor o desde el lugar en el que se le ocurriera aparecerse. Sin embargo, trató de sobrellevar la situación durante los primeros días y no porque esperara que las cosas fuesen a mejorar, sino porque maquinaba un plan para poder actuar con la mayor cautela. El plan perfecto, el crimen sin mácula.

      Y una tarde, casi por obra y gracia de la Divina Providencia, trazó en su mente fría, calculadora, el plan perfecto para deshacerse de él. Esa noche sonrió al entrar a casa. Lo buscó con la vista y, con bastante esfuerzo, logró sacarlo casi a rastras hacia la calle. ¡Si hasta parecía que el “indeseable” sabía que jamás regresaría al que había sido su hogar durante tres semanas!

      Ahí estaban ambos. Observándose como dos rivales a punto de batirse en duelo. Jeremías continuaba sonriendo. No había pensado que habría tanta gente alrededor, sin embargo se dijo para sus adentros: “más público, menos posibilidad de ser descubierto”. Y entonces la persona delante de él abandonó la fila y Jeremías ocupó su lugar.

      La joven sentada ante una gran mesa de formaica tuvo que hacerle dos veces la misma pregunta hasta que él logró aislarse de sus pensamientos:

-¿Cuál es?

- Es éste –respondió haciendo una mueca con la boca. La joven le sonrió, dándole a entender que comprendía, que ella sí comprendía el por qué alguien como él había tomado semejante decisión.

Jeremías regresó a casa. Comenzaba a escampar. Y sonreía.

Sobre una mesa de formaica, apilado sobre decenas de volúmenes de diversos temas, sobresalía un libro grande y nuevo al cual su dueño había “renunciado” para contribuir con la campaña de donación de ejemplares de segunda mano para una biblioteca de algún barrio marginado de la ciudad. El crimen estaba consumado, pues no podía ser otra cosa el condenar a alguien más a leerse completo un Catálogo y compendio completo de las especies de insectos endémicos de la Selva Lacandona (con imágenes y nombres científicos ordenados en estricto orden alfabético).

August 12

RECUERDA QUE HAS DE MORIR

Abrió los ojos antes del amanecer. No podía recordar el sueño que lo había hecho despertar de golpe, la sensación de inquietud seguía oprimiendo su pecho, pero no estaba seguro de lo que eso podía significar. Dio vueltas en la cama por espacio de una hora hasta que decidió levantarse y darse una ducha. Desayunó un poco más temprano de lo normal, causándole sorpresa a su madre, quien lo creía un hombre dominado por la rutina y de costumbres tan metódicas, que parecían estar cuidadosamente cronometradas sin margen para la espontaneidad.

Leía el periódico concentrándose en las noticias de la sección deportiva cuando le pareció escuchar una voz susurrante que dijo algo así como: “recuerda que has de morir…” Volteó el rostro hasta toparse con el de su madre, pero de inmediato supo que ella ni siquiera había abierto la boca en lo que iba de la mañana. Lo observó extrañada y preguntó:
-¿Más café?
- No, madre, gracias. Es sólo que… creí que habías dicho algo.
- Es la voz de tu conciencia –le contestó con una sonrisa que le hizo olvidar lo que supuso había sido sólo producto de su imaginación.
Esa mañana, al salir de casa, el tránsito era bastante lento, ocasionando un verdadero dolor de cabeza a las decenas de automovilistas que avanzaban a vuelta de rueda sobre una de las avenidas principales de la ciudad. Encendió la radio para distraerse y no amargarse el día a tan temprana hora. Una mujer morena de aproximadamente treinta años se pintaba los labios en el espejo retrovisor del auto ubicado a su lado izquierdo. Le sonrió, él le devolvió el gesto con una mueca que intentó parecer una sonrisa de amabilidad que se heló en el momento que creyó leer en los labios de la mujer algo parecido a: “tú también has de morir…”
No, era prácticamente imposible que aquella desconocida se hubiera dirigido a él y, cuando bajó el cristal para preguntarle qué era lo que le decía, las filas de autos comenzaron a moverse y ella inesperadamente dobló a la izquierda, perdiéndose entre el laberinto de calles uniformes que se extendían hasta el infinito. Él la observó desaparecer. Su corazón latía a una velocidad vertiginosa.
“Debo de estar volviéndome loco con tanto estrés” –se dijo en un tono bastante convincente- “o mis nervios sencillamente se han convertido en paranoia”. Soltó una carcajada y el resto del día no volvió a pensar en lo sucedido. La jornada de trabajo se desarrolló sin mayores contratiempos como cualquier otro día dentro de aquella oficina que lo secuestraba a diario de nueve a cinco, con tan sólo un par de semanas de vacaciones al año…
El reloj marcó las cinco en punto y en los siguientes minutos el edificio se vació por completo. Él se dirigió al estacionamiento arrastrando los pies con la dificultad propia de sus casi cuarenta años. De forma mecánica, insertó la llave en la portezuela, le dio vuelta y entonces sus ojos repararon en el cristal de la ventanilla. Una frase conocida, escrita presuntamente con lápiz labial, rezaba: “Recuerda que has de morir…”
La piel de todo su cuerpo se erizó como la de un gato que hubiese recibido una cubeta de agua fría sobre él. Miró hacia uno y otro lado del estacionamiento creyendo que quizás el responsable (o tal vez debía decir “la” responsable) saldría de su escondite sonriendo y confesando que todo había sido una broma, de mal gusto, pero broma al fin de cuentas. Todo fue en balde. La mayoría de sus compañeros se habían ido ya, los pocos autos que permanecían en el estacionamiento pertenecían a los jefes de departamento, quienes seguramente tenían muchas otras cosas importantes en qué pensar como para perder el tiempo gastando bromas a sus subalternos.
El regreso a casa transcurrió en medio de un torbellino que se agitaba en su interior, luchando por contestar todas y cada una de las interrogantes que su mente se empeñaba en construir. Tenía que confesar, además, que la sensación de zozobra e inquietud que había experimentado en la mañana había vuelto a asaltarlo con mayor fuerza, si eso era posible. Había borrado la frase escrita sobre el cristal, mas ésta seguía dando vueltas en espiral repitiéndose en un eco frenético e imperturbable en sus oídos: “Recuerda que has de morir…, recuerda que has de morir…”
Bajó del auto a toda prisa deseando ponerse a salvo de la amenaza que lo acechaba fuera de las cuatro paredes que constituían su hogar. Entró. Llamó a gritos a su madre, el silencio fue la única respuesta. ¿Dónde podía haberse metido una anciana que no tenía amistades ni motivos suficientes para ausentarse de casa sola y sin avisar? Un escalofrío recorrió su espina dorsal al recorrer todas las habitaciones y encontrarlas vacías. ¿Qué diablos estaba pasando?¿Acaso alguien o algo podía estar siguiéndole los pasos desde hacía tiempo y hasta hoy se había atrevido a descargar el golpe sobre él? Sonó el teléfono. Corrió a descolgarlo, su voz temblorosa dijo:
- ¿Diga? –una respiración se escuchó al otro lado. -¿Quién habla? ¡No tengo tiempo para gastarlo en bromas estúpidas! –expresó con la angustia marcada en cada una de sus palabras.
Aún antes de escucharla, supo lo que diría la voz:
-Recuerda que has de morir… tu tiempo está a punto de detenerse.
¡Era una voz de mujer, de eso no le quedaba duda! La sangre se heló en sus venas, cada vello de su piel se erizó a la vez que el miedo lo poseía por completo, haciéndolo temblar de la cabeza a los pies. Sus manos dejaron de sostener el auricular cuando sus ojos se posaron sobre el objeto que se encontraba justo al lado del teléfono: un lápiz labial en color rojo carmín.
Ya no estaba en sus cabales cuando percibió que la puerta de la calle se abrió lentamente. El viento nocturno recorrió su nuca y, con la última pizca de conciencia que le quedaba, rezó para que, quien había entrado fuese su madre… Unos pasos cortos, amortiguados, se acercaron hasta detenerse detrás de él. Cerró los ojos. Un aliento cálido acarició su oreja derecha acompañando a una voz familiar que decía:
-¡Inocente palomita, te dejaste engañar! ¡Feliz Día de los Inocentes!
En el momento no pudo asimilarlo todo, sin embargo, antes de desmayarse del susto, alcanzó a ver a su madre prorrumpiendo en estruendosas carcajadas al observar el rostro cadavérico de su hijo que la miraba con los ojos desorbitados, entendiendo a medias la broma de la que había sido objeto por parte de su propia progenitora en el día en que no puedes confiar ni en tu propia sombra, mucho menos en la mujer que te parió.
Adriana Zebadúa M.

MÍRAME

 
Es rubia, aunque sé que no es su color natural. Quizás tenga veintidós años, o tal vez un poco más… ¡eso qué importa! Todas las mañanas me siento en esta misma ventana para verla y soy fiel a mi cita. Siempre es el mismo ritual: sale de casa, sube al auto y echa una mirada rápida al retrovisor para acomodarse el cabello detrás de sus orejas diminutas. Nunca sale sin maquillaje, su apariencia es impecable.
 
A menudo sospecho que ella sabe que la observo y disfruta que yo lo haga… incluso he llegado a advertir que lanza miradas disimuladas hacia mi ventana y podría jurar que ha sonreído más de una vez. Por eso he llegado a pensar que me tiene totalmente embrujado. No ceso de pensar en ella. Me pregunto qué piensa de mí, si me conoce, si sabe mi nombre, mis vicios, mis virtudes, mis defectos o parte de mi pasado…
 
Ayer, por ejemplo, se puso por segunda vez en una misma semana la blusa roja de tirantes y encajes que tanto me agrada… al salir de casa, levantó la vista hacia mi piso, juro que me vio, que se percató de mi presencia perenne detrás de esta cortina translúcida y sus ojos me miraron de una forma extraña, casi con deseo…
 
Hoy he soñado con ella… Un club de jazz y, entre el humo del tabaco a modo de inquietante neblina, aparece como entre sombras, sobre el escenario (como único decorado una cortina azul marino), enfundada en un vestido largo de tonos rojizos y amplio escote, sin mangas, parecido al que llevaba Rita Hayworth en Gilda; su hermosa cabellera rubia desparramada por los hombros, iluminada tan sólo por un foco, frente al micrófono… no puedo dejar de mirarla. Suenan los acordes de un piano, una melodía con algo de improvisación… y sin soltar el cigarrillo que lleva en su mano izquierda, comienza a interpretar una canción que no puedo tatarear (su voz parece una de esas cintas magnetofónicas reproducidas al revés con mensajes satánicos subliminales). Sin embargo, me da la impresión que soy el único que percibe semejante desatino, ya que el resto del público la escucha atentamente. ¡¡Y tan atentamente!!... cómo que son maniquís, siniestros maniquís, su quietud me da miedo pero prefiero seguir escuchándola “cantar” su siniestro bolero.
 
Unos enanos aparecen en el escenario, enchaquetados, con unas corbatas que llegan al suelo, y comienzan a bailar al ritmo de la tonada, pero más bien parecen pequeños astronautas lanzados al vacío del espacio exterior. Siento que la amo, que la quiero y que la deseo, pero mis pies están clavados al suelo, atrapados en  una especie de bloques de cemento armado y no puedo moverme. Me siento como el muñeco de un ventrílocuo, no puedo hablar a no ser que alguien me introduzca la mano por la espalda, mueva mis labios de cartón piedra e imite mi voz, porque quiero gritarle y es imposible. Inmóvil, mudo… Es posible que también yo sea un maniquí, o a una simple marioneta y ella The Master of The Puppets
 
Desperté inevitablemente, empapado en sudor y con una insoportable angustia. Tengo sed y voy a la cocina a beber un vaso de agua. Miro hacia la ventana y rezo porque aparezca, pero es inútil. No existen los milagros. Ni siquiera está iluminada. ¿Estará en casa? ¿Dormida quizás?...
 
Pienso seriamente que debo replantearme mi descreimiento acerca de la realidad de los milagros, porque miro hacia el portal y la veo salir, tomar un taxi que la espera frente a la puerta. Son sólo las doce y media de la noche y es viernes. Mañana no trabajo. Decido seguirla, como Scottie a Madeleine en Vértigo, a través de las calles con mi coche, con nulo disimulo por mi parte. El taxi se detiene frente a un local, un piano-bar y comienzo a inquietarme. Ella baja del coche, paga al taxista y entra en el tugurio; me inquieto mucho más si cabe. Cuando llego a la entrada, un enano de smoking me sonríe y me da las buenas noches con una leve inclinación y un exceso de amabilidad que no atenúa para nada la sensación de inquietud de la que antes hablé.
 
Dirijo los ojos hacia el escenario, una ansiedad enfermiza se apodera de mí, pero pronto respiro con cierto alivio. Cuando mis pupilas se acostumbran a aquella oscuridad noto que no es ella, sino un pobre comediante de barrio quien intenta entretener a los asistentes con algunos chistes, que no hacen más que incitarlos a beber más y más, hasta embrutecerlos por completo.
 
Busco una silla cercana. El ambiente es pesado, demasiado pesado para alguien que no acostumbra frecuentar este tipo de sitios. Pido un vodka. El camarero se acerca y me mira como si quisiera preguntarme: “¿Nuevo por aquí?”, pero sólo se limita a servirme el trago que apuro de un sorbo. Me sirve uno más y en ese instante llega a mis oídos la tonada de una melodía que me parece demasiado conocida. Hago memoria e intento escarbar en los escombros de mis recuerdos, pero todo es inútil. Cuando estoy a punto de reírme de mis elucubraciones maniáticas, veo aparecer en el centro del escenario al demonio que me atormenta, noche tras noche, desde hace varios meses.
 
Es ella, no cabe duda, pero mentiría si admito que la reconocí de inmediato. Viste de rojo. El escote deja a la vista una zona de su anatomía que pareciera esculpida en mármol. Sus piernas se mueven al ritmo de aquellos acordes y su voz melancólica comienza a entonar una canción que enajena y seduce, es una sirena, por un instante pienso que ella es Parténope, yo Ulises; ella una criatura mítica, malévola, y yo un héroe sin tierra, sin gloria, que intenta no sucumbir al hechizo que su cántico lanza sobre mí. Todos la observan expectantes, mientras un viejo encorvado ejecuta aquella extraña pieza musical con sus manos huesudas, casi siniestras, que se mueven convulsas sobre el teclado.
 
Unos enanos aparecen en el escenario, enchaquetados, con unas corbatas que llegan al suelo, y comienzan a bailar al ritmo de la tonada. Me escucho tararear aquella extraña melodía cuya letra no acabo de entender. Sencillamente me dejo arrastrar, me dejo seducir por aquella encarnación de Rita Hayworth que me hipnotiza y domina, como si yo no fuese otra cosa que una marioneta… sus ojos me observan, me recorren, me acarician, me golpean, me hablan, me llaman… y entonces mi cuerpo reacciona: idolatrándola, odiándola, amándola, la necesita justo aquí, justo ahora… aún en medio de esta farsa surrealista, anhelo poseerla para mí, sólo para mí y sé que ya no podré verla igual que antes, que no seré el mismo hombre que la observaba cada mañana desde una ventana indiscreta… ¡¡No, no, no!!
 
No me quedan energías. Sin fuerzas, intento levantarme de la silla, sustraerme de aquella pesadilla, pero mis pies no me responden. Quiero despertar y volver a ser dueño de mí, para no terminar como esos extravagantes gnomos que ejecutan su danza grotesca frente a nosotros… pero aquel siniestro bolero retumba en mis oídos, mi mente, enferma de deseo, es aspirada por un torbellino de notas musicales que me arrastra hasta el centro mismo del averno. Poco a poco, alcanzo a percibir palabras, enseguida frases, hasta que logro comprender la letra con mi último resplandor de lucidez. Un escalofrío comienza a recorrer mi columna vertebral:
 
“… Mírame de nuevo y tenme miedo, sueña conmigo y me amarás… me odiarás por la mañana pero en las noches volverás… mírame, te perderé, mírame, te embrujaré, mírame, vine por ti…”
 
Y ella, diabólica locura, desciende del escenario con elegancia, lenta, fría, hierática, me atrae y me da miedo, me gusta y me repugna, me acaricia y me golpea,  me duele, me duele mucho, en lo más profundo… como una estaca clavada en medio del corazón, de mi propio corazón. Es solo una mirada, pero me asfixia, no puedo respirar, me ahogo… mis manos van hacía el cuello, intentando emitir el más leve sonido, pero no puedo, imposible. Caigo al suelo derrotado, fulminado. Soy su esclavo, su siervo, su mascota favorita. Pienso: “Haré por ti lo que sea, lo que sea, lo que sea… Si quieres mi sangre te la daré a beber, si quieres mi carne, muérdeme, cercena mis miembros con tus propios dientes, si quieres arrancarme el corazón, hazlo ya… si me pides que pase mi lengua por la suela de tus zapatos o deseas pisarme con tu tacón de aguja sobre la espalda… cualquier cosa que me pidas la haré, te la daré, la aceptaré… soy tu sumiso amante y tu eres mi única dueña, mi ama, mi cruel Dominatriz a quien me entregaré por completo en cuerpo y alma”.
 
Sonríe maliciosamente, camina contoneándose de manera seductora, sugerente. Sé hacia dónde se dirige, no tengo escapatoria. La canción ha terminado. El público aplaude frenético y ella se inclina levemente para agradecerles el detalle. Me extiende su mano y yo la tomo entre las mías.  Me incorporo pesadamente. Comienzo a caminar, voy tras ella y, antes de salir de aquel lugar, del reino o guarida de aquel ángel o demonio, el enano de la entrada me despide con una inclinación de cabeza y una mirada inequívoca que denota auténtica compasión…
 
ÁGATHA & JOSEPH McGREGOR
April 05

UN ALAMBRE MÁS

 
Cinco flores más y el ramillete estará completo. Los dedos de la mujer manipulan con facilidad los pequeños pétalos de tela que, girando en un movimiento ágil, darán forma a una flor artificial de color rojo carmín. Un pegamento especial unirá las flores con los alambres que se encuentran en la mesa frente a ella para que, al final, cada ramillete sea reemplazado por monedas y éstas se conviertan en comida para varios días.
 
Las manos de la mujer no cesan de moverse. Una y otra vez ve el reloj y sabe que debe darse prisa o el día no le rendirá como ha esperado. Usualmente debe elaborar alrededor de veinte ramilletes que son la remesa completa de la semana, los cuales pueden venderse en su totalidad si aprovecha los días de quincena. Sin embargo, esta vez fue contratada para entregar cuarenta ramilletes en un solo día a una señora que ofreció darle una cantidad nada despreciable si se comprometía a tenerlos a tiempo para la boda de su sobrina. Ni siquiera lo escuchó dos veces: aceptó la oferta sin pensarlo demasiado.
 
Ahora se da cuenta que hacen falta cinco horas para la boda y el plazo de entrega casi ha terminado. Está a punto de cobrar por su trabajo y, de sólo imaginar tener ese dinero en las manos, se le ilumina el rostro con una sonrisa de satisfacción anticipada.
 
Sus ojos observan el último ramillete a medio terminar y extiende una mano para tomar un alambre más pero, de inmediato, nota algo extraño. Vuelve a fijarse en las flores que tiene en la otra mano y nota que en la mesa no queda un alambre más. “¿Es posible?”-se dice sorprendida. Está segura que tenía material suficiente para cumplir con la cantidad de ramos acordada pero ¿qué pudo salir mal? ¿Acaso la dependienta de la tienda le vendió el material incompleto?
 
Rebusca en los cajones que tiene debajo de la mesa de trabajo, mas todo es inútil, los alambres sencillamente se han terminado y un ramillete se encuentra incompleto; justamente a la mitad, para ser precisos…
 
Su mirada recorre toda la cesta en la que ha ido colocándolos: “… treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve ramilletes y medio…” –cuenta mentalmente- ¡Qué contrariedad! Siente enormes deseos de maldecir su suerte (ya de por sí maldita desde que recuerda) y vuelve a imaginar la sensación del hambre atroz, tan fuerte e insoportable, que te hace doler las tripas y el mismísimo corazón…
 
Y precisamente en ese instante en el que cree estar llegando al umbral de la ira y la desesperación, la puerta se abre de golpe y entra una personita con la cara radiante de felicidad que contrasta con la pesadumbre del rostro de la florista en cuestión. Es pequeño y algo desnutrido para su edad, pero vivaracho y juguetón como puede serlo todo niño de ocho años.  En sus manos sostiene una caja de regalo que muestra con aire de triunfo a la mujer que lo observa turbada.
 
-¡Mira, mamá, el maestro me dio el premio al alumno más aplicado de la clase! ¿Te gusta? –le dice, mientras saca de la caja una marioneta realmente hermosa.
 
Sin embargo, la mujer no ve en ella un juguete, ni siquiera el trofeo anhelado que cerca de cuarenta chiquillos se disputaron durante medio ciclo escolar. Simplemente ese objeto de madera pintada e inanimada se resume a un montón de alambres delgados que sus ojos, acostumbrados a tasar las pérdidas y ganancias de una vida miserable, han estimado como simple materia prima para cumplir el plazo de entrega de cuarenta ramilletes de flores de tela que se transmutarán en comida y alquiler para una madre soltera y su pequeño hijo…
 
Dos horas después, dentro de una minúscula vivienda de los suburbios, una florista descansa satisfecha al palpar en el bolsillo del delantal el pago por cuarenta ramilletes de flores de tela. Cierra los ojos y se recuesta en la cama para descansar después de las extenuantes horas de trabajo con la certeza del deber cumplido.
 
Al pie de esa misma cama, un pequeñito llora en silencio mientras guarda en una caja  de cartón los fragmentos de una marioneta cruelmente descuartizada. En el anonimato que lleva implícito la pobreza, comienza el duelo obligatorio de un niño que ignora que unas lágrimas más o unas lágrimas menos, tienen un ínfimo valor monetario en el mercado de la sobrevivencia humana… donde un alambre más o un alambre menos representan la diferencia entre comer o no comer, entre contar con un techo o ser echados a la calle para rodar sin rumbo por los senderos del desamparo y la indigencia.
 
Por: Adriana Zebadúa
February 13

NO ESTOY INTERESADA

UNA ACLARACIÓN A TODOS LOS QUE INGRESEN A ESTE ESPACIO (ESPECIALMENTE AL GÉNERO MASCULINO): NO ESTOY INTERESADA EN NOVIOS CIBERNÉTICOS NI EN RELACIONES POR INTERNET NI NADA QUE SE LE PAREZCA. TAMPOCO SOY UNA INCAUTA NI UNA NIÑA QUE SE CREA LO PRIMERO QUE LE DICEN, OK?? ESTE ESPACIO ES PARA QUE LA GENTE ME CONOZCA, SÍ, ES CIERTO, PERO SOBRE TODO QUE CONOZCA MI TRABAJO, EXCLUSIVAMENTE PARA ESO. ASÍ QUE QUIEN QUIERA PUEDE DEJARME UN COMENTARIO CON RESPECTO A LO QUE ESCRIBO, NADA DE MENSAJES PIDIÉNDOME QUE SEAMOS AMIGOS CON MIRAS A ALGO MÁS.
 
QUIERO QUE SEPAN TAMBIÉN QUE MI TIEMPO ES SUMAMENTE VALIOSO Y NO LO PUEDO PERDER CON GENTE QUE SE DEDICA A BUSCAR MUJERES PARA PASAR EL RATO.  SÉ LO QUE QUIERO Y A DÓNDE QUIERO LLEGAR, NADA NI NADIE ME LO IMPEDIRÁ. ASÍ QUE, POR FAVOR, NO PIERDAN SU TIEMPO CONMIGO PORQUE YO NO LO MALGASTARÉ CONTESTANDO MAILS O AGREGANDO GENTE A MI MESSENGER ASÍ PORQUE SÍ.
 
GRACIAS POR SU COMPRENSIÓN.
 
February 01

Con respecto a mis relatos

Leí un comentario en el que se me pregunta si no me da temor que alguien quiera plagiar algo de lo que he subido a este blog. Bien, pues quiero hacerles saber que los relatos que ven acá forman parte de un compendio de cuentos titulado: TRECE CUENTOS PARA NO DORMIR y el cual ha sido registrado desde mayo de 2007 ante el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Poseo el certificado que así lo reconoce, así como un número de registro. Así que lo comento para que si alguno de los que leen este blog, desea copiar algunos de mis cuentos, puede hacerlo siempre y cuando me envíen por lo menos un mail o me dejen un mensaje aquí, haciéndomelo saber. Ok?? Guiño
August 08

FALSO CORAZÓN

FALSO CORAZÓN

Amor mío, contra cualquier ciencia sigo viva,

Aunque este aliento que anima el cuerpo

Será todo, menos vida.

Si el corazón sigue latiendo

Es porque, inanimado, al fin

Una máquina es que obedece a la fisiología,

Porque yo ningún dominio tengo

Sobre este órgano ajeno y despreciado

Vacío de cualquier sentimiento

Que pudiera devolverme la existencia.

 

¿De qué sirve que al ritmo del infame tiempo

Siga latiendo sin cansancio?

Aun teniendo un “falso” corazón por dentro,

Sé que el real se fue cuando partiste

Aquella noche gélida y sombría,

Esa noche imborrable en mi memoria,

En la que sin piedad ni compasión

Me arrancaste con los dientes

Lo único que me mantenía con vida…

 

Ahora soy solo un espectro, una sombra,

Un grito lastimero y terrorífico

Que en la más densa obscuridad

Vaga sin rumbo, sin destino fijo,

Buscando en los escombros de la soledad

Migajas de lo que me hurtaste.

Un fragmento de ilusión,

De amor y de esperanza,

Que pueda devolver a este fantasma

El soplo que una vez le dio la vida… 

May 24

UNA VEZ MÁS

 
Me veo al espejo, la imagen que se refleja tiene algo de malicia e inocencia. Es agradable ver mi piel iluminada por los cálidos rayos solares que entran por la ventana abierta. Agradezco enormemente el silencio de los pensamientos que tan sólo emergen tímidamente en una sonrisa algo perversa, traicionando así el mutismo de la mente.
 
Te vi ayer por la noche en la celebración del compromiso de mi hermana Catalina. Me encontraba en un rincón del salón en el que la penumbra ocultaba en gran medida mi presencia. El tedio estaba a punto de vencer a mis pesados párpados haciéndolos presa fácil de un profundo sueño. Cuando el champagne estaba próximo a contribuir a dicho cometido, te vi atravesar con paso firme la estancia iluminada dirigiéndote sin vacilar hacia el lugar en que me hallaba.
 
Al principio, pensé que los no pocos tragos que mi cuerpo había ingerido, estaban haciendo de las suyas. Fue entonces cuando tu voz mencionó algo que me regresó de golpe a la realidad. No recuerdo con exactitud lo que dijiste, creo que encomiaste grandemente la pintura de Velázquez que adorna un tramo de las escaleras, yo te respondí que era el orgullo de papá y una herencia de familia. Pero lo que no puedo olvidar es el brillo de las pupilas dilatadas que me observaban insistentes. Tus ojos color miel me hechizaron sin remedio y la perfección de los rasgos cincelados de tu rostro, me quitaron el aliento por algunos segundos.
 
-¿Hacia dónde conducen vuestras escaleras? –preguntaste-, y al momento noté tu acento español.
 
Sin saber qué responderte me limité a decir:
-A las habitaciones, naturalmente.
 
Una sonrisa misteriosa asomó a tus labios cuando agregaste:        
-Naturalmente, claro. He sido un tonto, me he dejado deslumbrar por vuestra singular belleza, que competiría dignamente con la de la misma Venus.
 
Al decir esto, te inclinaste para besar mi temblorosa mano, lo que provocó un torbellino de desconocidas sensaciones desencadenadas por el suave contacto de tus labios.
 
Llamaron a todos a la mesa, la cena estaba a punto de servirse. Te alejaste perdiéndote entre los invitados cuando papá se acercó para escoltarme hacia el comedor. Mas yo, inapetente y sin ánimos de continuar escondiéndome en la anónima penumbra, me excusé con él asegurándole que la migraña me aquejaba nuevamente y que era necesario acostarme cuanto antes.
 
Ya en la alcoba, no me sorprendí cuando percibí un leve movimiento entre las sombras. Adiviné que estarías ahí. No sentí miedo, sólo sonreí maliciosamente para mis adentros. Tampoco dejé que Gertrudis me desvistiera como siempre lo ha hecho; por primera vez también, cerré con doble llave la pesada puerta de mi habitación. Ahora veo que fueron precauciones un tanto innecesarias, pues abajo la velada prometía ser larga y nadie notaría la ausencia de la insignificante hija menor de los Avendaño.
 
Frente al espejo comencé a desnudarme lentamente, seductoramente… Mi ampuloso vestido azul se deslizó sin mayor problema; a él le siguió el fondo almidonado que, al ser lanzado al pie de la cama, hizo su tan conocido: fru-frú al tocar el suelo. Alcé los ojos, observé nuevamente mi imagen en el espejo y entonces te vi una vez más.
 
Te acercaste en silencio colocándote detrás de mí. Tus ojos color miel brillaban como los de un gato en celo en esa sugerente oscuridad. Sin emitir una sola palabra, tus dedos rozaron como mariposas mis brazos subiendo hasta la curva de los hombros, deslizaste la mano izquierda sobre mi clavícula mientras tu diestra jalaba suavemente el lazo que ataba mis largos cabellos. Fue en ese instante que perdí la noción del tiempo y del espacio. No supe en qué momento tus manos lograron liberarme del diminuto corsé, sólo sentía que con cada beso que esparcías sobre mi espalda, me embestían desconocidas oleadas de placer.
 
Como una escultura de mármol permanecí inmóvil, de pie, a la vez que la palabra “excitación” comenzaba a tener significado introduciéndose en mí por cada poro y subyugando cada centímetro de piel. Me vi al espejo por tercera vez (ya liberada por completo de telas, encajes y listones), con arrogante vanidad femenina advertí que no habías mentido al compararme con la Venus mitológica. Sólo entonces tomé tus manos, las llevé hacia mi cintura y lamiéndome ansiosa los labios dije: -¡Bésame!
 
Nos besamos, mordisqueándonos juguetonamente. Seguramente habrás visto el brillo de impaciencia reflejado en mis ojos porque me llevaste a la cama, esa cama que tantas noches se humedeció de lágrimas, que me dio refugio en mi tormentosa soledad, que habría de enseñarme las bondades de la pasión desenfrenada.
 
Te desvestiste ¿o yo lo hice quizás? ¡Eso qué importa! Estaba hipnotizada, poseída de febril deseo. No sabía qué es lo que vendría aunque lo imaginaba a fuerza de leerlo tantas veces en los “libros prohibidos” que Catalina ocultaba cuidadosamente en su recámara. Sabía que no podía esperar más, te lanzaste sobre mí, dominándome. Un alud de caricias, manos explorando mundos desconocidos, besos sin control, jadeos acompasados y el sudor desbordándose por nuestra piel, desencadenaron una nebulosa de lujuria incontrolable.
 
Afuera comenzó a llover. Las gotas de agua golpeteaban los cristales de mi ventana, pero dentro la única humedad que percibíamos era la de nuestros cuerpos en excitante sincronía. Cuando por fin te recibí y te sentí dentro de mí, emití un sonido salvajemente gutural dejándome transportar hasta el Olimpo, emergiendo como Venus, de la espuma de un mar embravecido.
 
Ignoro la hora exacta en la que decidiste concluir nuestro festín, tan sólo recuerdo la mirada hechizante de tus ojos color miel y la sonrisa misteriosa al despedirte.
-¿Volverás una vez más? -pregunté ansiosa, con un movimiento de cabeza casi imperceptible aseguraste que sí y enseguida sujeté tus húmedos cabellos para besarte largamente, sin recato, sin temores fatuos.
 
El sol ya estaba lo suficientemente alto cuando abrí los ojos. Pensé que todo había sido un sueño o una visión ocasionada por el sopor del vino y el champagne de la noche anterior, mas no lo era: aún sentía el sabor de tu boca lacerando mi garganta.
 
Me he vestido y al observarme en el espejo, he querido evocar una vez más los sucesos que anoche me hicieron conocer un mundo jamás imaginado. Es por ello que sonrío, es ese el motivo que dibuja en mi faz una sonrisa maliciosa.
 
De pronto alcanzo a percibir algo extraño que ahuyenta estos vagos pensamientos: escucho murmullos, se siente demasiada agitación para ser un sábado posterior a una fiesta de compromiso. Alguien golpea insistentemente a la puerta y respondo: -¡Ya voy, en un momento estoy con ustedes!
 
Salgo de la habitación, camino por el pasillo, veo desconocidos recorriendo toda nuestra casa. Dos agentes policíacos hablan con mi padre, mientras que otros igualmente uniformados, entrevistan a los criados. Catalina llora lastimeramente y no sé la razón de toda esta faramalla. Pero de golpe lo comprendo… tengo que aferrarme con fuerza a los barandales de las escaleras en el momento justo en que me doy cuenta de todo: ¡El cuadro de Velázquez ha desaparecido!
 
Tengo en mis manos el diario vespertino, a estas horas de la tarde ya todos sabemos que el Velázquez ha desaparecido y con él los cubiertos de plata, las joyas de mamá y el dinero de la caja fuerte. Con rabia e incredulidad leo por tercera vez las letras dolorosamente enormes que encabezan la nota principal: “Misterioso ladrón de antigüedades perpetra asalto millonario una vez más…”
 
Continuará...
 
Adriana Zebadúa M.

UNA VEZ... Y PARA SIEMPRE

 

Me veo al espejo mientras Gertrudis coloca los últimos azahares en mis cabellos recién ensortijados. Sus manos diestras que alguna vez me acunaron, tiemblan de una forma casi imperceptible para el ojo ajeno, pero para quien ha visto en ella a una amiga, madre y confidente, estos detalles no pasan desapercibidos. La emoción la ha embargado por completo.

Ambas guardamos un silencio que ocupa toda la habitación, se percibe su presencia intimidante y una sensación inexplicable nos envuelve en una niebla de desolación. Desde que mi madre murió nadie ha estado en posesión de mis más íntimos secretos, a excepción de esta mujer que hoy tiembla con los nervios desbocados, como si fuese ella misma quien deberá jurar amor y fidelidad frente a un altar.

Mas esos leves signos de nerviosismo y el mutismo en que ambas nos mantenemos, no hacen sino prolongar la agonía durante estos últimos instantes en el hogar paterno; pues ni ella ni nadie sospechan que estoy totalmente aterrada ante mi inaplazable destino. La proximidad del momento preciso en que mi secreto, tan fielmente custodiado, deberá salir a la luz, es suficiente motivo para hacerme palidecer de miedo…

Después del robo ocurrido en casa hace tres años, ya nada volvió a la normalidad. Un torbellino de repercusiones terribles trastocó nuestras vidas por completo. Catalina se casó, pero su dote se redujo a la mitad ya que parte de las joyas hurtadas eran la herencia que mi madre le había dejado al morir. Mi padre se sumió en una profunda melancolía y jamás pudo recuperar el dinero robado ni pudo volver a presumir ante generales, banqueros y funcionarios de gobierno, su mayor orgullo: el cuadro de Velázquez. Tampoco volvió a celebrarse una fiesta en casa. Hasta los criados sufrieron las consecuencias, pues la mayoría de ellos fueron despedidos al caer sobre ellos las principales sospechas, quedándose a nuestro servicio sólo los sirvientes más antiguos.

Sin embargo, la mayor de las desgracias el destino las reservó para mí al verme burlada de la peor manera en que se puede ver burlada una mujer. Noche a noche las lágrimas me atormentaron sin remedio y el dolor fue mi único compañero en mis insomnios recurrentes. No volví a reír, no volví a soñar, ni volví a probar una sola gota de champagne… simplemente callé porque a nadie le hubiese importado conocer la desdicha de Regina, la hija menor de Don Nicolás Avendaño.

Ni siquiera recuerdo cómo una tarde me vi aceptando ser la futura esposa de un hombre viudo y adinerado que mi padre creyó el mejor partido para mí. Acepté porque fue la única alternativa posible para huir de esta casa donde la vida se esfumó junto con unos cubiertos de plata, las joyas de mamá, el dinero de la caja fuerte y un estúpido cuadro de Velázquez, cuyo hueco en la pared de las escaleras recuerda a diario mi tristeza y mi deshonra.

Hoy que he vuelto a verme en este espejo, no reconozco la imagen que éste me devuelve: rostro pálido, ojos sin brillo y un rictus que intenta parecer una sonrisa pero que muere en el instante justo en que unos ojos color miel acuden a mi memoria, como si ella los conjurase una vez más para atormentarme recordándome un fugaz momento de dicha que se perdió entre las sombras silentes del pasado.

-¡Te ves hermosa, mi niña! –me dice Gertrudis cuando con aire triunfante coloca el velo sobre la corona de azahares. –Serás la envidia de todas las jóvenes solteras.

-¡Tú sabes que nada de eso me interesa, nana!

- No hables así, Regina. Ya verás que pronto, cuando seas toda una señora, las cosas serán diferentes y tendrás todo lo que desees.

-Lo único que deseo es olvidar. –es la frase que emerge de mis labios espontáneamente.

En la casa no quedamos nadie más que Gertrudis, el mayordomo y yo. Todos los demás: familiares e invitados, se han adelantado para que la novia llegue al último. Cuanto más tarde, mejor. Esa es la tradición, absurda pero tradición al fin.

Salgo de la habitación, no puedo evitar que la tristeza oprima mi pecho. Me dirijo hacia las escaleras, observo detenidamente el espacio frío y descuidado donde hace tres años colgaba una pintura peculiar y cierro los ojos por un momento para agradecer al cielo el no volver a ver ese espacio nunca más. Quizás no me espere la felicidad pero, al menos, habré escapado de esta prisión y de los recuerdos que me persiguen como duendes maliciosos, aguijoneando mi alma sin mostrar piedad alguna.

Una voz familiar se escucha como si viniese de un lugar muy lejano. La voz de Luis, el mayordomo, me devuelve a la realidad y, como no he puesto atención a sus palabras, le pido me repita lo que acaba de decir.

-Acaba de llegar este paquete, niña. No tiene remitente. ¿Quiere que lo coloque en la biblioteca con los demás regalos?

Veo el tamaño y la forma del paquete, estoy a punto de decir que sí pues no tengo ánimos para abrir presentes ridículos enviados por gente que ni siquiera conozco; pero algo en su extraña forma me intriga y, contrario a lo que pudiese esperar, me escucho pidiéndole me entregue el regalo y me dirijo con él hacia la biblioteca.

Se cierra la puerta a mis espaldas. Tomo asiento. El paquete viene acompañado de una tarjeta anónima con la siguiente frase a la que sólo yo puedo darle algún significado:

 “Venus es la diosa del amor y la belleza, quien le empeña una promesa está obligado a cumplirla”.

Mis manos son presa de un temblor involuntario, mis piernas flaquean y mi mente es una vorágine de pensamientos que confunden los sentidos. Aún antes de abrir el regalo, mi corazón adivina lo que hay dentro. Desato los cordeles, rompo con ansiedad incontenible el papel y entonces veo aparecer ante mí, en toda su majestuosidad, el cuadro de Velázquez desaparecido misteriosamente tres años antes en la fiesta del compromiso matrimonial de mi hermana Catalina.

La puerta se abre, Gertrudis se acerca hasta mí y pone sus manos maternales sobre mis hombros. Me da un beso en la coronilla, como lo hacía cuando era una niña y me dice con la voz a punto de quebrarse:

- Niña, el coche ha llegado y te espera afuera. Anda, no puedes llegar tarde.

El velo oculta mi rostro y ella no puede ver las lágrimas que resbalan por mis mejillas pero sé que intuye que el corazón me late enloquecido. Nos abrazamos un momento y enseguida me acompaña hasta el umbral. Me da un rápido beso en la frente y lo último que veo antes de partir a bordo del coche de alquiler, es a mi nana diciéndome “adiós” con una mano mientras sus ojos me siguen con la vista hasta que el carruaje cruza la verja de la calle.

Mi mente intenta asimilar lo que acaba de suceder, todo esto me parece una broma fortuita hecha por alguna Parca mitológica que hila a su antojo mi destino. Sumida en estas cavilaciones no siento cuando el coche hace un alto en un recodo del camino. La portezuela de la derecha se abre, el dueño de los ojos color miel que me atormentaron en sueños durante tres años, se presenta ante mí como si fuese la materialización de mis más secretos pensamientos.

De nuevo estamos frente a frente. Como si el tiempo no hubiese transcurrido vuelvo a ser presa del mismo torbellino de sensaciones que me envolvió la noche en que nos conocimos. El sabor de sus besos jamás ha dejado de lacerar mi garganta sedienta. Al verlo sé que lo he esperado en secreto estos últimos tres años, disfrazando de odio, despecho y frustración el sentimiento que jamás pude reconocer con las palabras precisas. 

-Quise olvidarte. –Me dices sin mayores titubeos y enseguida añades: -pero hasta a un ladrón profesional la vida puede hacerle algunas bromas y el destino le reserva algunas sorpresas.

- Supe que cumplirías tu promesa –te digo, convencida al fin de mis palabras. –Te esperaba.

- Entonces robaré lo más valioso de esta casa, lo que no me llevé la primera vez. –Me dices con ese acento español que siempre anhelé volver a oír.

- ¿Y el Velázquez? –te cuestiono con la misma sonrisa maliciosa que vuelve a mí como un fantasma del pasado.

- Es completamente falso. –Y mientras aún pronuncias esta frase, colocas en mis manos dos billetes de barco y agregas: -pero esto no lo es ¿aceptas emprender conmigo la aventura más grande de tu vida?  

**********

EPÍLOGO:

Un domingo de agosto zarpó el barco “Buenaventura” del puerto de Veracruz con destino a un país del Mediterráneo y con 600 pasajeros a bordo. Entre ellos, Susana y Antonio Mendoza, quienes se casaron el segundo día de viaje, en medio de la algarabía general.

Un mes después, el navío atracó en un puerto de las costas de Francia. El matrimonio Mendoza se instaló en un pintoresco pueblo pesquero, donde abrieron un próspero negocio de compra y venta de antigüedades del que sólo se alejaban dos o tres veces en el año para adquirir sus mercancías, que por cierto, eran bastante demandadas por las clases altas de un gran número de países europeos, americanos y asiáticos.

Por la misma época, una misteriosa banda de asaltantes y estafadores, metieron en jaque a los legendarios cuerpos policíacos de Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia y Francia, sin que ninguna de estas organizaciones pudiese seguir la pista de los delincuentes ni capturar a los responsables de las desapariciones de joyas, cuadros y antigüedades.

En el pequeño pueblo de pescadores, el matrimonio Mendoza progresó contra todo pronóstico pesimista, siendo ejemplo de una familia unida, honesta y trabajadora para el resto de los habitantes al lograr sobrevivir a dos guerras mundiales junto con toda su fortuna.

Sus descendientes jamás conocerían el verdadero origen de sus riquezas ni podrían interpretar las miradas de complicidad y picardía que se dirigían cada vez que un periódico caía en sus manos dando cuenta de las noticias policíacas más recientes.

Tampoco entenderían la razón de ser de aquel gran espejo ovalado que existía en su habitación, ni sabrían que alguna vez Susana Mendoza, al otro lado del océano, fue bautizada con el nombre de Regina Avendaño ni que el honorable Antonio Mendoza era un ladrón profesional que una vez, y para siempre, robó el botín más valioso que nunca nadie pudo arrebatarle.

Adriana Z. M.

EL HUÉSPED DE LA TÍA CRISTINA

 

Como cada martes por la noche, Laura esperaba ansiosa al huésped que llegaba sin anunciarse a casa de la tía Cristina. Desde que quedó huérfana y se hizo cargo de ella su pariente más cercana, nunca había faltado a su cita el hombre que visitaba aquel domicilio en total clandestinidad.

Porque era un hombre, de eso estaba segura. Jamás lo había visto pero su presencia avasallante se percibía como el arroz colorado, recién hecho, que aromatizaba la cocina los días sábados.

Sin embargo, no había podido enterarse del motivo exacto que obedecía a visitas tan metódicas. Lo único que había logrado averiguar entre guiso y guiso de la tía Cristina, es que se trataba de un comerciante que viajaba cada semana para vender sus mercancías en el pueblo vecino.

Pero con todo y sus catorce años a cuestas, Laura no se inmutaba ni un ápice con la letanía que lanzaba cada lunes la tía cuando le ordenaba preparar la alcoba de siempre para aquel extraño visitante: que “no seas metiche”, “deja de incomodarme”, “vete a cumplir con tus tareas y no hagas preguntas tontas” sin embargo, lo que no podía soportar, era aquella cara infalible de mártir cristiano que le dedicaba cuando las preguntas llegaban a colmarle la paciencia porque, entonces, la observaba desde un mutismo inquebrantable que más valía dar la media vuelta so pena de ser enviada a la cama sin cenar.

De modo que ese martes, como cada uno de los que había pasado en esa casa añeja desde que tenía cinco años, Laura no podía pegar el ojo ni espantar su insomnio contando uno, dos y hasta tres rebaños completos de ovejas. La cama era una tortura, una plancha de tormento que amenazaba con oprimirla contra el techo para convertirla en un emparedado humano…

Porque sin conocerlo, sin haberlo visto en la penumbra siquiera, Laura había dejado volar su imaginación dándole un nombre, un rostro, una vida que envidiaría cualquier galán de telenovela. Cada semana la historia cambiaba a su antojo y podía tratarse de un amante encubierto, un prófugo de la justicia o hasta de un alma en pena escapada del averno.

Esa semana tocaba convertirlo en un general retirado del ejército, para más exactitud un francés que luchó en el frente aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Conoció a la tía en un trasatlántico y después de varias semanas de viaje, tuvieron que separarse para continuar con sus destinos: Cristina se casó, enviudó, sin embargo, jamás olvidó a su primer enamorado. Un buen día se toparon en plena calle principal y ya no pudieron separarse nunca, pero para cubrir a su dama de las habladurías, decidió visitarla en secreto cada martes por la noche.

Y así habrían podido pasar muchos otros martes, si aquella noche en especial, la curiosidad de la jovencita no hubiera llegado a su límite y si no hubiera llovido con tantos truenos y relámpagos que amortiguaban cualquier otro sonido. Sin pensarlo dos veces, se le cruzó la idea de llegar al fondo del asunto a como diera lugar. Se levantó del lecho, se enfundó las pantuflas y recorriendo los pocos metros que la separaban de la recámara vecina, abrió la puerta y entró en la habitación del huésped misterioso…

Olía a lavanda. Las sábanas de lino estaban recién lavadas y planchadas con el sello de pulcritud de la tía Cristina. Las cortinas estaban corridas para que la brisa nocturna ventilara la estancia. Todo en ella anunciaba amor y juventud, peligro y placer.

Laura sonreía satisfecha por haber dado el paso decisivo cuando escuchó un murmullo apenas perceptible, pero que sus oídos acostumbrados a escuchar aún a través de las paredes, captaron enseguida. No podía escapar por la puerta puesto que por ahí habrían de entrar los amantes… así que lo único que se le ocurrió en las escasas fracciones de segundo que siguieron a su sorpresa, fue esconderse en el antiguo armario que se situaba frente a la cama de latón.

Lo que ocurrió después aún lo recuerda con lucidez como si los años no hubieran pasado sobre ella. La tía Cristina era toda risas, toda amor. Con una mano sujetaba al hombre misterioso y con la otra se desabrochaba el vestido azul que sólo usaba en bodas y cumpleaños.

Se lanzaron a la cama convirtiéndose en una madeja de besos, abrazos, muslos, gemidos y humedad. Cuando una tregua en las piruetas permitió ver la cara de aquel contorsionista, Laura descubrió que el amante no era otro que el mismísimo cura de la parroquia de San Isidro. El padre Juan Constancio sudaba toda su castidad vociferando salves, aves marías y uno que otro Ángelus cuando la tía lo elevaba hasta el quinto cielo haciéndolo gritar de placer, mientras la joven observaba toda aquella bacanal por una rendija indiscreta del armario.

Después de su primera clase visual de sexo, religión y latín chapucero, a Laura se le olvidaron todas las historias inventadas en torno al amante de la tía Cristina y se le quitó la manía de meterse donde no la llamaban, aprendiendo a ver, oír y callar por su propio bien y por salud mental de los demás.

Tampoco está de más decir que nunca quiso volver a escuchar misa en la parroquia del padre Juan, y si fue, jamás pudo confesarse porque cada vez que se hincaba para decir el saludo de rutina: “sin pecado concebida…” le daba tal ataque de risa al recordar los retozos clandestinos del cura y sus plegarias nocturnas en el lecho de la tía Cristina, que tenía que salir corriendo de la iglesia para no estallar en carcajadas irreverentes.  

Adriana Zebadúa M.

April 18

TENDRÍAS QUE HABERLA CONOCIDO

 

Tendrías que haberla conocido, era una hembra de a de veras, no un simple espantapájaros con faldas como las que se dan por aquí, no, era una mujer en toda la extensión de la palabra…

Sí, me acuerdo todavía del día que llegó a San Isidro. Bajó del camión con dos enormes maletas sucias por el polvo del camino… ¿Te acuerdas de que en aquel tiempo todavía estaban terminando la carretera? ¡Pobre, creo que venía molida por los tumbos que daba ese autobús viejo!

Se veía rechula con aquel vestido de flores anaranjadas que se pegaba al cuerpo empapado del sudor que sólo el trópico te puede provocar. Era alta, delgada, con esa piel demasiado blanca que se ve poco en estos lugares y a eso agrégale una carita tan linda como la de la mismísima Virgen del Rayo… no, no te rías que no estoy exagerando.

¿Pero sabes qué fue lo que más me gustaba de ella? Sus cabellos largos y rizados, con ese color negro que sólo podría compararlo con el de las noches sin luna. Nada de pintarse el cabello como las muchachas de ahora que pasan del rubio al rojo como si de mudarse la ropa se tratara, ella era auténtica y original en todo lo que hacía…  

Si te digo que tendrías que haberla conocido, yo puedo describírtela pero jamás voy a hacer que te la imagines tal y como era. Porque tú te fuiste a trabajar desde chamaco a la hacienda de Don Sixto y no volviste al pueblo hasta que tu patrón se murió y todos los peones se quedaron sin trabajo y pues ya no te quedó de otra más que regresarte… pero ya estoy saliéndome del tema… ¡como se nota que me estoy haciendo viejo! Entonces ¿en qué estábamos? ¡Ah, sí, te estoy contando de cómo conocí a aquella mujer!

¿Qué te diga su nombre? ¡No, pos eso sí no te lo voy a decir! Prefiero guardármelo para mí solito. Además, cada vez que lo pronuncio a solas vuelvo a sentir esa “cosquillita” que me recorrió el cuerpo el día en que ella se presentó y nos dijo su nombre. Lo repito cada vez que quiero recordarla, suena tan bonito que se me pone la piel chinita, chinita…

Tenía marido, o al menos eso decía ella. Aunque las viejas chismosas del pueblo siempre creyeron que era mentira porque nunca se le vio con ese hombre por aquí y hasta llegaron a inventar que era divorciada o alguna madre soltera que ¡vayan a saber dónde había abandonado a su hijo! Pero tú ya sabes cómo es la envidia… como era bonita, joven y muy inteligente, a nadie le cuadraba el que todos los hombres (solteros, casados, viudos, jóvenes o viejos) la voltearán a ver cada vez que hacía sus diligencias en el pueblo.

¡Nomás de acordarme cómo se ponía verde del coraje la “Chuzi”, que en aquella época era mi novia, me entran muchas ganas de reír! Me decía: -¿Tú qué le ves? ¿A poco te gusta esa ñora? Y claro, tenía que decirle que no, que estaba loca, que no fuera celosa… pero a lo macho te digo que sí me gustaba, y mucho… porque no era una “ñora”, calculo que tendría sus veintisiete o veintiocho años en aquel tiempo. Aunque eso sí, jamás pasó por mi cabeza nada cochambroso ni guardé ninguna esperanza de aspirar a algo más íntimo con esa mujer.

¡Pero ya ves, suertudos que habemos! El día que entró en el salón de tercer grado y nos dijo el director que ella iba a ser nuestra nueva maestra ¡casi me desmayo de la impresión! En aquella época éramos pocos los que podíamos entrar a la secundaria pero tú sabes cómo era papá, se le metió en la cabeza que todos sus hijos estudiaran para no quedarse de brutos como él y por eso es que tuve la suerte de ver frecuentemente a aquel monumento de mujer. Tú fuiste el único que se emperró en no estudiar más que la primaria y por eso te largaste a trabajar… por eso no la conociste.

La veía a diario. Era bonita, ya te he dicho, pero se veía más chula cuando se ponía nerviosa porque entonces jugueteaba con sus rizos enrollándolos una y otra vez entre los dedos hasta que le ganaba la risa y, cuando eso sucedía, yo sentía algo adentro, una sensación muy rara, como si se me metiera algo de ella acá en el pecho…

También me gustaba oírla hablar. Decía cosas interesantes y enseñaba muy bien todas las materias, lo que sea de cada quien, pero la mera verdad es que yo no le ponía atención a las lecciones porque sólo miraba embobado el movimiento de sus labios hasta que el timbre de salida me obligaba a despertar de ese sueño para regresar a casa.

De ahí no habría pasado la cosa si no hubiera llegado la sequía, aquella “bendita” sequía. Ya ves cómo era papá… Cuando el agua empezó a escasear se ofreció con la maestra para acarrearle agua todos los días y nos turnaba a cada uno de sus “chamacos”, como él decía, para llenarle la pila de su casa.

El día que me tocó surtirle el agua, ella me pidió con esa vocecita que me enchinaba la piel, que le llenara el tambo del baño para “poderme refrescar un poco” me dijo. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos desnudos dentro del baño… sí, te juro que no sé muy bien cómo terminamos así pero es que tampoco se me ocurrió ni salir corriendo, ni volverme a vestir, ni nada, sólo me dejé hipnotizar por aquella mujer y sus encantos… Desde esa tarde se me metió en el corazón como ninguna otra después de ella.

Hice el amor por primera vez con mi maestra. Te digo que fui un suertudo, porque no sólo era rechula por fuera sino que me enseñó y me hizo sentir algo que nunca más he podido volver a sentir… ni siquiera con las famosas putas del pueblo de Agua Fría que dizque son muy experimentadas… y es que no es tan fácil olvidarse de una mujer como ella, te digo, si la hubieras conocido tal vez habrías hecho lo mismo que yo porque “¿a quien le dan pan que llore?”

Nunca fui tan feliz como aquella noche en que, estando abrazados y sudorosos después de hacer el amor, me dijo viéndome a los ojos con toda la seriedad del mundo: -“Te quiero, Toño”. ¡Te juro que nunca he vuelto a ser tan feliz! Con decirte que me propuso huir, sí, escaparnos para nunca más volver a este lugar y no sé por qué no lo hicimos esa noche… ¡No sé por qué no le tomé la palabra y me largué con ella!

Al amanecer del día siguiente fue cuando se armó todo el escándalo. No supimos cómo ni quien fue con el chisme, pero aquel día todo el pueblo se juntó fuera de su casa y nos obligaron a salir y dar la cara… ahí estaba el Profesor Benítez, director de la secundaria; el cura Juan Constancio (¿te acuerdas de él?), Don Esteban del Porte quien era el alcalde en ese tiempo, mis compañeros de grupo, todas las viejas chismosas de San Isidro, la “Chuzi” y hasta el frente estaba papá con esa cara de ira y dolor que nunca he podido olvidar…

A mí, “el viejo” me agarró de los cabellos, me llevó hasta la casa y me pegó hasta que se le engarrotó la mano, pero te aseguro que yo no sentía nada y sólo me preocupaba el que no volviera a ver a aquella mujer. ¡Con decirte que hasta pensé que iban a lincharla por mi culpa!

No me dejaron volver a la escuela hasta que se hubo calmado todo y, aunque hice hasta lo imposible para escaparme y mandarle algún recado, todos mis amigos me dieron la espalda y corrí con la mala fortuna de no poder volver a cruzar una sola palabra con ella…

La acusaron de todo lo que puedas imaginar: deslealtad y descrédito a la profesión, de corrupción de menores, de estupro ¡y hasta de adulterio!… Creo que la obligaron a irse de este lugar amenazándola con acusarla ante los tribunales y perder no sólo su plaza en el magisterio sino perder también la libertad…

Ya no supe más de ella. Las malas lenguas contaron que se fue así como había llegado: con dos maletas empolvadas, aunque yo he llegado a pensar que se llevó también algunas lágrimas de más y la pena de no haberme podido decir “adiós”.

Algunos días después me dejaron regresar a la escuela, aunque ya no pude ser el mismo chamaco alegre y juguetón… mamá y todas sus comadres siempre se la vivieron diciendo que la maestra me había embrujado con quién sabe cuántas mañas y estuve todo un año aguantando sus menjurjes y bebiéndome toda una sarta de brebajes, que dizque para “alejar el mal”. ¡Hasta llegaron a creer que me había vuelto loco! ¡Puras bobadas de gente ignorante que no sabe que cuando una mujer se te mete hasta los tuétanos no hay ciencia ni brujería que te la saque!

Lo único que conservo es una foto de ella. Ya que no la conociste y, como hace casi veinte años que se fue para siempre de este pueblo, creo que a ti, mi hermano, puedo mostrártela para que entiendas por qué esa mujer se me clavó en el alma… ¡Mírala, si te he dicho que era bonita, la condenada!

¿Cómo sabes su nombre? Sí, se llama Luz María pero… tú no la conociste, no te creo, seguro alguien del pueblo ya se me adelantó y te fue con el chisme ¿verdad? Es que tú no pudiste conocerla porque en ese tiempo andabas por el rumbo de Agua Fría… ¡Ah, qué bromista regresaste, hermanito!

¿Dices que llegó a aquel lugar para dar clases también? ¿Entonces la reubicaron en alguna otra escuela? Pues entonces me alegro de que la hayan reubicado y que haya podido continuar ejerciendo su profesión porque lo hacía muy bien. Cuéntame qué fue de ella ¿en verdad estaba casada? ¿Tuvo hijos? ¿La has visto últimamente?

¿¡Fue amante de Don Sixto Grajales!? No, eso sí no te lo puedo creer, ella no era de “esas”… no, no era de las mujeres que puedan venderse por dinero, seguramente te estás equivocando, a lo mejor hablas de una Luz María distinta a la que yo conocí… si te digo que no era así… tú no la conociste.

¿Y por qué estás tan seguro de que la conociste? ¿Qué dices? ¿Tú viste el acta de defunción? Luz María Coutiño Gálvez… sí, ese era su nombre… pero…¿De qué murió? ¿Hace cuánto tiempo?

¿¡La mataron!? Entonces dices que la encontraron al fondo de una cañada con dos balazos en la espalda… ¿La “ley fuga” tal vez? Sí, imagino todo lo que dijo la gente al saber de una muerte así… no, ya ni le sigas, si hay que ver las cosas que se inventa la gente chismosa... ¡Mira la hora que es! Anda, ya vete a dormir que mañana hay que madrugar para ir a la ordeña y hablar del pasado siempre quita el sueño. ¡Ándale, ya vete a acostar!

Sí, que se duerma, mejor así… Prefiero quedarme a solas con mis fantasmas y conservarlos sólo para mí. ¿Pensará que le voy a creer? ¡Eso me saco por ser tan “boca floja”! ¡Como si no supiera cómo son en este pueblo! Son capaces de haberle pedido a mi propio hermano que me inventara lo de la muerte de ella para que de una vez por todas me cure de sus recuerdos. ¡Ja! No sé por qué le tuve que contar todo si nadie más pudo haberla conocido mejor que yo… no, si nadie más puede experimentar lo que siento cuando repito una y otra vez ese mágico nombre de mujer: ¡Luz María, Luz María, Luz María…!

ADRIANA ZEBADÚA

 

February 02

foro recomendado

UN FORO AL QUE PUEDEN ENTRAR SI LES GUSTA LA LITERATURA.
 
 
Foro de libros "Océanos de papel"

Aquí puedes encontrar un buen foro de libros en general, para comentar cualquier tipo de novela, cuento, poesía, libro de teatro, libros de autoayuda...etc, así como hablar de los autores, y de otros temas: mitología, cine, música, pintura, juegos de ordenador, apoyo moral, animales...

http://oceanosdepapel.mundoforo.com

January 17

SOUVENIR

 

Relato verídico*
Anoche intenté hacer memoria de cuándo fue la última vez que te vi con esas ganas locas de lanzarme a tus brazos; creo que suman ya casi ocho años.  ¿Dime si no era una joven dulce y tierna la que te sonrió con sus diecinueve años de inexperiencia aquella noche hoy tan lejana de nuestra realidad?
Volvía de la universidad con el rostro indiferente ante todo lo que me rodeaba. Debo confesarte que no habían sido fáciles los primeros semestres, mucho menos soportar el paso de los días esperando noticias tuyas luego de que cuatro años atrás me habías jurado, con lágrimas en los ojos, que me buscarías para no separarnos jamás. Nada de eso sucedió. Decía, pues, que volvía de la escuela pensando eso y muchas otras cosas más; aferrándome a una promesa incumplida pero no por ello menos deseada…
Casi no tenía amigos (de hecho, a lo largo de mi vida he tenido muy pocos), por lo que esa noche esperaba mi autobús acompañada únicamente por mis pensamientos románticos que trataban de evocar tu rostro para poder asirme a esa imagen, a ese ser que pudo amarme con toda la sinceridad y el ímpetu adolescente. ¡Recuerdo también que me fascinaba pensar tanto en ti que, a fuerza de hacerlo o desearlo, terminaba por “llamarte telepáticamente” y entonces podía verte, aunque no fuera sino por algunos escasos minutos! Ahora esa idea me parece absurda e infantil, mas en la época de la que te hablo nada me resultaba imposible ni descabellado.
Esa noche abordé el autobús repitiendo mentalmente la promesa empeñada una tristísima noche de invierno después de que nuestros caminos se separaron para siempre por causas crueles y ajenas que escapaban a nuestro control… Bien, pues subí, con unas ganas enormes de toparme contigo. En la siguiente parada lo hiciste tú. ¿Mera coincidencia? Te juro que no podía creerlo, no lograba asimilar que te tuviera tan cerca y, a la vez, tan lejos. Hoy, la mujer en que me he convertido, se habría acercado a ti sin titubear con una frase “fabricada” previamente, mas la chica de la que te hablo aún era una jovencita que soñaba con príncipes azules y novelas color de rosa, que no sabía cómo reaccionar ante una situación de esa naturaleza.
Tú no lo recuerdas, pero yo tenía los ojos fijos en la ventanilla mientras pagabas el pasaje al chofer. Mi corazón latía enloquecido, el asiento que estaba junto a mí se encontraba vacío. Durante esos segundos supliqué al cielo me permitiera hacerme visible ante ti y no sé si alguien allá arriba me escuchó, lo cierto es que, como si fuese un capítulo de telenovela cursi, me miraste fijamente, señal de que me habías reconocido y, de inmediato, te sentaste a mi lado. Apenas y sé de lo que hablamos, en alguna parte de mi diario tengo anotadas tus palabras exactas, sin embargo, lo que realmente me hizo atesorar ese momento durante todo este tiempo es la sensación que disfruté teniéndote junto a mí, escuchando nuevamente tu voz, observando una vez más esos ojos profundos y negros como el abismo en el que caí tantas veces a causa de lo que sentía por ti. Todavía puedo cerrar mis ojos y verte tal cual eras: ese jovencito con toda la vida por delante que podía convertirse en lo que quisiera y que, pese a todo, ahora ya no existe, excepto en mis recuerdos…
Me pediste mi número de teléfono con la mejor de tus sonrisas (¿qué podría negarte cuando me sonreías así?) y agregaste: “Te llamaré mañana”. En ese instante tan breve fui feliz, ¡sí que lo fui! Prometiste buscarme, a pesar del paso de los años, aún recordabas quien era yo y lo que fuimos (y sentimos) alguna vez. Tu promesa se quedó grabada a fuego en mi memoria. Te creí, ¿sabes? ¿Quién no cree cualquier promesa, por absurda que parezca, cuando se está profundamente enamorada? Esa noche, cuando el autobús se detuvo en la parada en la cual debía bajarme, no quise hacerlo, deseé continuar hasta que tú también descendieras… mas la razón pudo más que el corazón y me bastó creer en tu palabra para poder bajar esos cuatro escalones de metal y dirigirme hasta mi casa con la euforia pintada en el rostro.
Jamás llamaste; y si hay algo que pueda reprocharte –puesto que nunca te he culpado de algo-, es el haberme hecho esperar en vano  a que cumplieras tu promesa.
Te vi otras cuatro o cinco veces más, pero no volvimos a intercambiar ni una sola palabra. Seguí utilizando la misma ruta de transporte hasta que concluí la universidad. Muchas noches te vi esperando el autobús en la parada acostumbrada, mas nunca volvimos a coincidir como en aquella ocasión. Sin embargo, seguí aguardando tu llamada a pesar de que sabía de sobra que no llamarías.
Hace dos años te vi por última vez. Estabas en el parque acompañado de tu esposa y de tu hijo. Esa noche me acerqué a saludarte, te sonreí e intercambiamos algunas frases triviales hasta que me percaté de que no me recordabas… tuve que presentarme y remontarme prácticamente a nuestros años de infancia para que supieras de dónde nos conocíamos ya que en tu memoria no existía un espacio dedicado a mí.  Al término de esa breve charla me despedí (admito que esa vez lo hice para siempre) y aunque traté de disfrazar mis emociones, mi corazón recibió una estocada fatal al darme cuenta de que el olvido había sepultado mi imagen en tu mente y que la muerte verdadera era justamente esa: el no ser nada para ti, mas que un jirón de niebla difuso, sin un nombre, sin un rostro definido, un recuerdo perdido entre las sombras del pasado…
Anoche no tenía otra cosa qué hacer, se me ocurrió tomar el directorio telefónico para… bueno… no lo sé con certeza. Casi de forma inconsciente busqué tu nombre en la guía y localicé tu número con la dirección de tu domicilio. Lo archivé en mi teléfono celular ¿para qué? Tampoco lo sé con exactitud, sé que nunca me atrevería a llamarte, quizás sólo sea porque de esa forma mi mente desea mantenerte conmigo, antes de que el olvido te borre también de mi memoria y dejes de existir en un rincón de mi ser en el que siempre has ocupado un lugar junto a mí, como el lugar que una noche ocupaste a mi lado a bordo de un autobús destartalado, el cual, por cierto, ya no existe, al igual que tus promesas, nuestro amor y la esperanza de volver a refugiarme entre tus brazos.

Adriana Zebadúa 
October 24

MUÑECA ROTA

 

La muñeca está rota, Melissa, Melissa
La muñeca está rota, Melissa, Lissá…   

Melissa tararea mentalmente esta canción mientras deja la lámpara de mesa encendida, le da miedo la oscuridad del cuarto, lo cual no es de sorprender en una niña de siete años. Cada noche antes de dormir, mamá entra a la habitación, le da un dulce beso de buenas noches, enciende con sumo cuidado (rayando casi en la devoción) su lámpara de Pooh y la arropa suavemente mientras le canta esta antigua canción de cuna.

Hoy mamá no está. Se ha ido de viaje y papá ha dicho que no regresará. Lloró cuando supo que mami  jamás volverá a casa. La niña no entiende que ella está muerta, sólo siente un vacío enorme en el estómago y un hueco grande en su inexperto corazón.

-Mañana será otro día, -murmuró papá al observarla en la soledad hiriente de su habitación. Mañana todo será diferente, mañana habrá tiempo para llorar a mamá, mañana Melissa verá la luz de un nuevo día…

Amaneció nublado. Melissa no fue a la escuela. La abuela le puso el vestido negro que Lola, la nana, le compró con premura para poder asistir al sepelio. Suben a un auto del mismo color que su almidonado vestido, papá y la abuela irán con ella.

Mientras el cortejo fúnebre avanza con suma lentitud por las calles empedradas próximas al cementerio, dentro del coche negro que encabeza la fila, una voz infantil entona esta triste melodía: La muñeca está rota, Melissa, Melissa…

Llevó flores blancas, las depositó sobre la fría lápida de granito. Mamá se quedó ahí. La niña llora al pensar que mami estará sola, que sentirá frío y que jamás podrá volver con ella. ¡No quiere irse! ¡No quiere dejar a mamá! Melissa se siente desamparada y sin contenerse más grita:

 -¡Mamá, sal de ahí! ¡Levántate mamita, quédate conmigo por favor!

Llega la noche. Melissa está sola en la cama y tiene miedo, mucho miedo. La puerta se abre, alguien entra furtivamente. La niña yace inmóvil, su respiración se hace más rápida. Los pasos avanzan, se acercan a la cama. Enormes gotas de sudor resbalan por su frente al imaginar lo que se le aproxima…

El misterioso visitante apaga bruscamente su lámpara de Pooh dejándola en la más completa oscuridad. Entre las sombras percibe cómo levanta las sábanas. Unas manos se introducen bajo su pijama y comienzan a palpar el pequeño cuerpo con ansiedad desesperada.

Él volverá a lastimarla… En sus oídos escucha una voz conocida que le dice:

 -Tranquila nena, no te asustes, ya ha pasado antes. Sólo vamos a querernos un poco. Estoy triste porque mamá no está.

Melissa aprieta los ojos y siente miedo, mucho miedo en esa aterradora oscuridad. Sabe entonces que extrañará a mami mucho más de lo que pensaba… y mientras gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas, en su mente resuena la voz dulce de mamá:

 
La muñeca está rota, Melissa, Melissa
La muñeca está rota, Melissa, Lissá
October 11

MÁS ALLÁ DEL AMOR Y DE LA MUERTE

 

¿Alguna vez se han preguntado cómo reaccionarían si la vida (o la muerte, mejor dicho) les quitara lo único bello y hermoso que poseían? ¿Cómo podrían enfrentarse a la vida si ya no existe un motivo para vivirla? Pues yo me puse a pensar en esto una noche y surgió esta especie de poema o relato que deja muchas cosas a la imaginación... no sé, pueden pensar en la historia previa o en lo que sucedió después de este suceso... pero la clave de todo está en reflexionar acerca de la delgada línea que separa el amor de la locura, el estrecho límite existente entre la vida y la muerte.

 MÁS ALLÁ DEL AMOR… Y DE LA MUERTE

No puedo disimular ante ti,

Ante cualquier otro ente pensante

Podré actuar de incógnito bajo una máscara…

Pero jamás lo haré ante tu sepulcro.

          *****************

Un lamento brota desde mis entrañas,

Dos labios inertes gritan en silencio,

El amor incomprensible

Para la razón humana,

Me atrapa en la confusa nebulosa

Del caos y la obscuridad del odio.

 

Dos pesadas puertas de ébano obscuro

Y denso como mi pasado,

Separan hoy la vida de la muerte.

¡Cómo quisiera desgarrar mis manos

Hasta derribarlas!

¡Diera todos los años de vida que me restan

Por cruzar el umbral de mi agonía!

 

Pero nada me detiene, el magnetismo

Que emana de tus ojos negros

Me da fuerzas y coraje de titanes.

¡No me importan las miradas acusadoras

Ni la falsa compasión de los hipócritas!

Deseo verte para continuar con vida

Deseo odiarte y enfrentarme a mi destino.

 

Ceden ante mí los goznes de las puertas,

Los deudos que se apartan del camino

Me ven como si fuese un fantasma expulsado del averno.

Avanzo por los pasillos en penumbras

Siento que soy un reo de muerte

Que se aproxima a morir en el patíbulo.

 

¡Salgan todos! –escucho mi voz enardecida-

¡Debo estar a solas! Me acercaré a él…

¡Nadie me lo impida!

Veo cómo en un instante se vacía tu alcoba.

El silencio es ahora mi única compañía.

Ahora puedo hablarte, y al verte, muero:

 

¡Me has roto el corazón maldito!

¡Qué egoísta has sido!

¡Maldigo tu descanso y esa sonrisa

Absurda y falsa que se dibujó en tu palidez de lirio!

¡No te perdono! ¿Lo oyes?

¡No puedo perdonar a mi asesino!

Pues mientras tú descansarás en paz…

¡Yo estaré muriendo en vida!

Porque en cada átomo del viento,

En cada hoja del follaje,

En los murmullos de la noche

Existirás aunque estés muerto…

 

¡Ojalá despiertes en tormento!

¡Te odio porque has traicionado

Nuestro “amor eterno”!

¡Te odio porque jamás podré ahogar esta tristeza

Que me carcome como lepra incurable!

¡Te odio porque jamás podré vivir

Hundiéndome inevitablemente en el fango!

¡Te odio porque aún queriendo odiarte

Este amor inmortal se me enreda entre los huesos!

 

Las horas avanzan… Las campanadas del reloj

Son el preludio del amanecer.

Mas no me iré de aquí hasta arrancarte una promesa,

No puedes partir sin sellar un juramento:

¡Sígueme, quédate conmigo!

Toma cualquier forma

¡Vuélveme loca día tras día!

Persígueme, así como las víctimas

Hacen con sus asesinos…

Pero por piedad, amado mío

¡Jura que me amarás en ultratumba!

Porque yo juro amarte hasta exhalar mi último aliento

Y en prueba de ello te entrego mi alma,

¡Llévala cautiva eternamente en tu mortaja!

                  ******************* 

No puedo disimular ante ti.

Ante cualquier otro ente pensante

Podré esconderme detrás de una máscara

De mujer o de amante enamorada,

Pero jamás lo haré ante tu sepulcro,

Pues desde que partiste

Soy una muerta que camina

Y mi alma te acompaña para siempre

En esta tumba fría…

 

ÁGATHA

July 05

HASTA CUANDO AMOR

¿Hasta cuándo cauterizará la herida
Que de tan profunda me parte el corazón?
¿Hasta cuándo lloraré en silencio
bebiendo impotente mis ácidas lágrimas?
¿Hasta cuándo habré de amarte esperando
en vano inspirarte este mismo sentimiento?
 
 
May 03

TE EXTRAÑO

Te extraño... trato de luchar contra lo que siento mi vida, pero todo es inútil. Intento pasarla bien, mi mente se entretiene en otras cosas pero en algún momento vuelvo a pensar en ti!! Siento que ya no soy yo, que esta que está frente al teclado escribiendo algo que no piensa, es un invento de mi imaginación. Pero la realidad es que aunque no quiera, te sigo amando... aunque luche contra viento y marea sigues en mi mente y corazón, incluso pienso que si no te amara no podría sobrevivir, que necesito de ti para seguir hacia adelante!! Si tan sólo te fijaras en mi... si tan sólo me amaras sería la mujer más feliz del planeta!!
 
Sin embargo, nada cambia, cada día que pasa es igual al anterior y tú te alejas cada vez más... Perdóname pero no lo entiendo!! No entiendo cómo puedes ignorarme y lastimarme (aún sin quererlo) si soy la mujer que más te ama, o quizás la ÚNICA que te ama... Cómo puedes preferir sólo mi amistad?? Mas qué puedo hacer?? Así es el amor... duele a veces, y duele mucho!! Debo conformarme con tu silencio... pero no dejaré de amarte "mi ángel de amor", seguirás acá dentro, en un lugar que será sólo y nada más que tuyo!!
 
 
April 28

FRASE DEL DÍA

"Si a cambio de mi amor a la lectura viera a mis pies los tronos del mundo, rehusaría el cambio"             (Fénelon)
April 25

PARA LEER EN VOZ BAJA

Los párrafos que a continuación presento son la introducción o el prólogo que algún día pienso colocar al inicio de mi libro de poemas, el cual espero algún día se haga realidad y pueda existir (en este mismo espacio encontrarán algunos de mis poemas).
 
Siempre he soñado y he forjado en mi mente una imagen del amor y del ser amado que no sé qué tan realista puede ser o qué tan posible sea. Ignoro si existe el amor tal y como lo concibo, ignoro si lo que he sentido es verdadero amor o sólo una sombra imprecisa del mismo. Pero sea cual fuere la verdad, lo único que hoy me importa es lo que estoy sintiendo en estos precisos instantes, y a ello yo, la más incauta de las mujeres, la más romántica de las féminas, la más desdichada de las mortales le he llamado: AMOR.
 
Un amor prohibido, egoísta, imposible y... delicioso ¡Para mi desdicha! ¿Cuántas mujeres más fuertes que yo han caído víctimas de un sentimiento similar? ¿Cuántas de otras jóvenes más débiles han perdido el control de sus acciones por un cariño (o debería llamarlo ¿pasión?) mucho menos intenso que el que a mi me roba el sueño? En toda la historia humana ¿Cuántos relatos, cuántas novelas, cuántas tragedias podríanse haber escrito (además de las existentes) acerca del amor y sus obscuros designios? A veces mi mente vuela, se eleva, se pierde e intenta imaginar un sinfín de tortuosas tramas de amor que quizás pudieron existir, que tal vez de hecho sucedieron en un tiempo o un espacio determinado, al cual mi condición de mortal me ha impedido ubicarlos con rostros, nombres y épocas establecidas...
 
Cuando pienso en el amor y todo lo que él implica, cuando yo, un mujer en extremo sensible y un tanto extraña para el estándar de esta época, me adentro e intento profundizar en los caminos del amor; debo reconocer que me considero afortunada, sin lugar a dudas me siento una "elegida" por tener la extrema sensibilidad de una musa, por reunir algunas similitudes con aquella Perséfone destinada a alternar entre los humanos y el reino de Hades y por llevar en mi, algo de esos mitológicos dioses olímpicos que reían, lloraban, odiaban; amaban e intervenían a su antojo en la vida de los mortales guiándose por los mismos sentimientos y emociones que experimenta cualquier ser humano, con la única diferencia de poder modificar el cauce del destino.
 
Así es como me concedo el privilegio de aventurarme a amar, porque al hacerlo formo parte de ese innumerable contingente de hombres y mujeres que alguna vez amaron y se otorgaron a sí mismos ese derecho, esos seres anónimos que quizás no fueron inmortalizados en un romance, en una leyenda, en una poesía o en una novela; esos individuos que pese a los obstáculos experimentaron el sentimiento más sublime y perfecto y que, aunque sus historias de amor nunca serán conocidas por la posteridad, entregaron al ser amado su alma y corazón cambiando con ello sus destinos, modificando con ello el curso de su propia historia y adquiriendo, por ese mismo hecho, un poco de inmortalidad... Porque el amor no se destruye, cambiamos nosotros, nuestras perspectivas y nuestros paradigmas; mas el amor permanece como un don divino otorgado a los privilegiados, a una estirpe de hombres y mujeres "elegidos" para experimentar en sí mismos el amor y sus maravillosos designios.
 
Es por ello, mi querida o querido lector que me permito compartir una buena parte de mis poesías, no serán quizás las peores o las mejores que tus ojos lean, acaso ni siquiera logren despertar tu interés o habrá incluso más de uno que me considere tan sólo una aficionada. Sea cual fuere tu percepción, he de argumentar en mi defensa que sólo soy una mujer que ha amado, una mujer a quien el amor otorgó sus favores en más de una ocasión. Mis poesías no son pues necesariamente autobiográficas, en algunas quizás la imaginación suplió a la realidad, sin embargo lo único verdadero, lo único real es el sentimiento que los ha inspirado, he aquí lo que esta humilde mortal desea ofrendar a la posteridad.
 
April 24

Pensamiento

Este es un pensamiento que escribí al terminar de leer el libro: "El león, la bruja y el armario" de la saga: "Las Crónicas de Narnia". Espero les guste y les haga pensar... por lo menos un poco.
 
Nunca seré lo suficientemente adulta para olvidarme de los cuentos de hadas, nunca seré lo suficientemente mayor para dejar de pintar mi realidad con fantasías; pues quien pierde la inocencia y la capacidad de asombro se convierte a sí mismo en rehén perpetuo del mundo racional, monótono y tangible..." (ÁGATHA)
March 24

EPITAFIO

¿Acaso llorarás cuando la tierra fría
me cubra con su manto maternal?
¿Sentirás dolor y desconsuelo
cuando mi alma abandone el cuerpo?
Dí si me amarás y las lágrimas
resbalarán por tu pecho
cuando los latidos de tu corazón
mencionen a gritos mi nombre...
 
ÁGATHA
 
 
 
March 13

CANCIÓN PARA SOÑAR

¡Dulces sueños, mi ángel!
Duerme mientras
Te cuento una historia
Que te haga feliz...
 
Has llorado hasta tarde,
Desde tu ventana aguardas
A diario en espera
De verme volver...
 
Sé que escribes sin tregua
Poemas de amor para mi.
Y suspiras pensando:
"Mañana, quizás..."
 
Mas los días se acumulan
Dando paso a los meses
Y ya un año se ha ido,
No hay noticias de mi...
 
Mas no olvidas mis besos,
Mis caricias ansías.
Empeñada ha quedado
Mi promesa de amor.
 
Hoy he vuelto, mi ángel
A saldar mi promesa,
A cubrirte de besos
Esta noche de invierno...
 
Y tan sólo una cosa
Debo hacerte saber:
Me verás sólo en sueños
Nunca más a tu puerta...
 
No vendré en un corcel
Ni en el último tren.
Sólo en sueños, mi niña
Me tendrás junto a ti...
 
Viviré en tu memoria
Mientras tú así lo quieras,
Con la brisas nocturna
Te enviaré mis caricias...
 
Pero nunca en tus brazos
Me tendrás de regreso,
Pues el cielo ha querido
Que mi vida se extinga...
 
Limpia pronto esas lágrimas
Porque no las merezco,
Ni te vistas de luto,
Ni me guardes rencor...
 
Alza al cielo tu vista
Cuando triste te halles,
Hallarás ahí consuelo
En tus horas sombrías...
 
Pues la estrella más alta,
¡Es mi estrella, mi ángel!
Desde ahí te protejo,
Te sonrío y te deseo:
 
"Dulces sueños, mi ángel!
Duerme, mientras sueñas
Una historia de amor
Que te haga feliz..."
 
ÁGATHA
February 14

MÁS ALLÁ DE TI

Este poema, a diferencia de otros, tiene destinatario.
No es propio de mí mencionar nombres
Sólo diré que está inspirado en un hombre a quien amé demasiado...
ESTO ES PARA TI "MI ÁNGEL":
 
 
Te amo aún y no sé hacer otra cosa
Más allá de ti no hay existencia,
Más allá del límite de este aciago amor
Se extiende inexpugnable: La Nada.
 
Me perdí en ti sin ruta de regreso,
Forjé un mundo lleno de ti y de mi
Sin más población que nosotros
Y el inmenso amor que me juraste un día.
 
Soñé que nunca más despertaría a la vida,
Viví inmersa en tu esencia, en tu historia.
El aire que inhalaba a diario
Llevaba la fragancia agridulce de tu piel.
 
Escribí una historia de amor imaginaria
Tú el protagonista, yo la única narradora
Que tejía, como una Parca mitológica,
El relato de amor jamás escrito por mortal alguno...
 
Pero absorta en dar amor a manos llenas,
Olvidé que en la realidad todo termina
Y no previendo el desenlace inevitable,
Me encontré sola en medio de la nada.
 
Hoy, sin final feliz, carente de toda esperanza,
Conservo este amor como un viejo tesoro
Y entre mis manos sucias y cansadas
Yacen los fragmentos de una historia de amor jamás contada.
 
 
ÁGATHA.
February 08

HUIDA

Hemos perdido el amor.

Una mañana despertamos

¡Y no estaba ahí!

Huyó sin dar explicaciones,

Quizás ya no eran necesarias,

Culpables no hay,

Víctimas tampoco.

En esta triste historia

Sobran argumentos

Y abundan las razones.

Si alguien lo encuentra

Impida que regrese,

¡Que ruede por el mundo,

Es prófugo y verdugo!.

 
Links sobre literatura o cultura general
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