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August 12 RECUERDA QUE HAS DE MORIRAbrió los ojos antes del amanecer. No podía recordar el sueño que lo había hecho despertar de golpe, la sensación de inquietud seguía oprimiendo su pecho, pero no estaba seguro de lo que eso podía significar. Dio vueltas en la cama por espacio de una hora hasta que decidió levantarse y darse una ducha. Desayunó un poco más temprano de lo normal, causándole sorpresa a su madre, quien lo creía un hombre dominado por la rutina y de costumbres tan metódicas, que parecían estar cuidadosamente cronometradas sin margen para la espontaneidad. Leía el periódico concentrándose en las noticias de la sección deportiva cuando le pareció escuchar una voz susurrante que dijo algo así como: “recuerda que has de morir…” Volteó el rostro hasta toparse con el de su madre, pero de inmediato supo que ella ni siquiera había abierto la boca en lo que iba de la mañana. Lo observó extrañada y preguntó:
-¿Más café?
- No, madre, gracias. Es sólo que… creí que habías dicho algo.
- Es la voz de tu conciencia –le contestó con una sonrisa que le hizo olvidar lo que supuso había sido sólo producto de su imaginación.
Esa mañana, al salir de casa, el tránsito era bastante lento, ocasionando un verdadero dolor de cabeza a las decenas de automovilistas que avanzaban a vuelta de rueda sobre una de las avenidas principales de la ciudad. Encendió la radio para distraerse y no amargarse el día a tan temprana hora. Una mujer morena de aproximadamente treinta años se pintaba los labios en el espejo retrovisor del auto ubicado a su lado izquierdo. Le sonrió, él le devolvió el gesto con una mueca que intentó parecer una sonrisa de amabilidad que se heló en el momento que creyó leer en los labios de la mujer algo parecido a: “tú también has de morir…”
No, era prácticamente imposible que aquella desconocida se hubiera dirigido a él y, cuando bajó el cristal para preguntarle qué era lo que le decía, las filas de autos comenzaron a moverse y ella inesperadamente dobló a la izquierda, perdiéndose entre el laberinto de calles uniformes que se extendían hasta el infinito. Él la observó desaparecer. Su corazón latía a una velocidad vertiginosa.
“Debo de estar volviéndome loco con tanto estrés” –se dijo en un tono bastante convincente- “o mis nervios sencillamente se han convertido en paranoia”. Soltó una carcajada y el resto del día no volvió a pensar en lo sucedido. La jornada de trabajo se desarrolló sin mayores contratiempos como cualquier otro día dentro de aquella oficina que lo secuestraba a diario de nueve a cinco, con tan sólo un par de semanas de vacaciones al año…
El reloj marcó las cinco en punto y en los siguientes minutos el edificio se vació por completo. Él se dirigió al estacionamiento arrastrando los pies con la dificultad propia de sus casi cuarenta años. De forma mecánica, insertó la llave en la portezuela, le dio vuelta y entonces sus ojos repararon en el cristal de la ventanilla. Una frase conocida, escrita presuntamente con lápiz labial, rezaba: “Recuerda que has de morir…”
La piel de todo su cuerpo se erizó como la de un gato que hubiese recibido una cubeta de agua fría sobre él. Miró hacia uno y otro lado del estacionamiento creyendo que quizás el responsable (o tal vez debía decir “la” responsable) saldría de su escondite sonriendo y confesando que todo había sido una broma, de mal gusto, pero broma al fin de cuentas. Todo fue en balde. La mayoría de sus compañeros se habían ido ya, los pocos autos que permanecían en el estacionamiento pertenecían a los jefes de departamento, quienes seguramente tenían muchas otras cosas importantes en qué pensar como para perder el tiempo gastando bromas a sus subalternos.
El regreso a casa transcurrió en medio de un torbellino que se agitaba en su interior, luchando por contestar todas y cada una de las interrogantes que su mente se empeñaba en construir. Tenía que confesar, además, que la sensación de zozobra e inquietud que había experimentado en la mañana había vuelto a asaltarlo con mayor fuerza, si eso era posible. Había borrado la frase escrita sobre el cristal, mas ésta seguía dando vueltas en espiral repitiéndose en un eco frenético e imperturbable en sus oídos: “Recuerda que has de morir…, recuerda que has de morir…”
Bajó del auto a toda prisa deseando ponerse a salvo de la amenaza que lo acechaba fuera de las cuatro paredes que constituían su hogar. Entró. Llamó a gritos a su madre, el silencio fue la única respuesta. ¿Dónde podía haberse metido una anciana que no tenía amistades ni motivos suficientes para ausentarse de casa sola y sin avisar? Un escalofrío recorrió su espina dorsal al recorrer todas las habitaciones y encontrarlas vacías. ¿Qué diablos estaba pasando?¿Acaso alguien o algo podía estar siguiéndole los pasos desde hacía tiempo y hasta hoy se había atrevido a descargar el golpe sobre él? Sonó el teléfono. Corrió a descolgarlo, su voz temblorosa dijo:
- ¿Diga? –una respiración se escuchó al otro lado. -¿Quién habla? ¡No tengo tiempo para gastarlo en bromas estúpidas! –expresó con la angustia marcada en cada una de sus palabras.
Aún antes de escucharla, supo lo que diría la voz:
-Recuerda que has de morir… tu tiempo está a punto de detenerse.
¡Era una voz de mujer, de eso no le quedaba duda! La sangre se heló en sus venas, cada vello de su piel se erizó a la vez que el miedo lo poseía por completo, haciéndolo temblar de la cabeza a los pies. Sus manos dejaron de sostener el auricular cuando sus ojos se posaron sobre el objeto que se encontraba justo al lado del teléfono: un lápiz labial en color rojo carmín.
Ya no estaba en sus cabales cuando percibió que la puerta de la calle se abrió lentamente. El viento nocturno recorrió su nuca y, con la última pizca de conciencia que le quedaba, rezó para que, quien había entrado fuese su madre… Unos pasos cortos, amortiguados, se acercaron hasta detenerse detrás de él. Cerró los ojos. Un aliento cálido acarició su oreja derecha acompañando a una voz familiar que decía:
-¡Inocente palomita, te dejaste engañar! ¡Feliz Día de los Inocentes!
En el momento no pudo asimilarlo todo, sin embargo, antes de desmayarse del susto, alcanzó a ver a su madre prorrumpiendo en estruendosas carcajadas al observar el rostro cadavérico de su hijo que la miraba con los ojos desorbitados, entendiendo a medias la broma de la que había sido objeto por parte de su propia progenitora en el día en que no puedes confiar ni en tu propia sombra, mucho menos en la mujer que te parió.
Adriana Zebadúa M. MÍRAMEEs rubia, aunque sé que no es su color natural. Quizás tenga veintidós años, o tal vez un poco más… ¡eso qué importa! Todas las mañanas me siento en esta misma ventana para verla y soy fiel a mi cita. Siempre es el mismo ritual: sale de casa, sube al auto y echa una mirada rápida al retrovisor para acomodarse el cabello detrás de sus orejas diminutas. Nunca sale sin maquillaje, su apariencia es impecable.
A menudo sospecho que ella sabe que la observo y disfruta que yo lo haga… incluso he llegado a advertir que lanza miradas disimuladas hacia mi ventana y podría jurar que ha sonreído más de una vez. Por eso he llegado a pensar que me tiene totalmente embrujado. No ceso de pensar en ella. Me pregunto qué piensa de mí, si me conoce, si sabe mi nombre, mis vicios, mis virtudes, mis defectos o parte de mi pasado…
Ayer, por ejemplo, se puso por segunda vez en una misma semana la blusa roja de tirantes y encajes que tanto me agrada… al salir de casa, levantó la vista hacia mi piso, juro que me vio, que se percató de mi presencia perenne detrás de esta cortina translúcida y sus ojos me miraron de una forma extraña, casi con deseo…
Hoy he soñado con ella… Un club de jazz y, entre el humo del tabaco a modo de inquietante neblina, aparece como entre sombras, sobre el escenario (como único decorado una cortina azul marino), enfundada en un vestido largo de tonos rojizos y amplio escote, sin mangas, parecido al que llevaba Rita Hayworth en Gilda; su hermosa cabellera rubia desparramada por los hombros, iluminada tan sólo por un foco, frente al micrófono… no puedo dejar de mirarla. Suenan los acordes de un piano, una melodía con algo de improvisación… y sin soltar el cigarrillo que lleva en su mano izquierda, comienza a interpretar una canción que no puedo tatarear (su voz parece una de esas cintas magnetofónicas reproducidas al revés con mensajes satánicos subliminales). Sin embargo, me da la impresión que soy el único que percibe semejante desatino, ya que el resto del público la escucha atentamente. ¡¡Y tan atentamente!!... cómo que son maniquís, siniestros maniquís, su quietud me da miedo pero prefiero seguir escuchándola “cantar” su siniestro bolero.
Unos enanos aparecen en el escenario, enchaquetados, con unas corbatas que llegan al suelo, y comienzan a bailar al ritmo de la tonada, pero más bien parecen pequeños astronautas lanzados al vacío del espacio exterior. Siento que la amo, que la quiero y que la deseo, pero mis pies están clavados al suelo, atrapados en una especie de bloques de cemento armado y no puedo moverme. Me siento como el muñeco de un ventrílocuo, no puedo hablar a no ser que alguien me introduzca la mano por la espalda, mueva mis labios de cartón piedra e imite mi voz, porque quiero gritarle y es imposible. Inmóvil, mudo… Es posible que también yo sea un maniquí, o a una simple marioneta y ella The Master of The Puppets…
Desperté inevitablemente, empapado en sudor y con una insoportable angustia. Tengo sed y voy a la cocina a beber un vaso de agua. Miro hacia la ventana y rezo porque aparezca, pero es inútil. No existen los milagros. Ni siquiera está iluminada. ¿Estará en casa? ¿Dormida quizás?...
Pienso seriamente que debo replantearme mi descreimiento acerca de la realidad de los milagros, porque miro hacia el portal y la veo salir, tomar un taxi que la espera frente a la puerta. Son sólo las doce y media de la noche y es viernes. Mañana no trabajo. Decido seguirla, como Scottie a Madeleine en Vértigo, a través de las calles con mi coche, con nulo disimulo por mi parte. El taxi se detiene frente a un local, un piano-bar y comienzo a inquietarme. Ella baja del coche, paga al taxista y entra en el tugurio; me inquieto mucho más si cabe. Cuando llego a la entrada, un enano de smoking me sonríe y me da las buenas noches con una leve inclinación y un exceso de amabilidad que no atenúa para nada la sensación de inquietud de la que antes hablé.
Dirijo los ojos hacia el escenario, una ansiedad enfermiza se apodera de mí, pero pronto respiro con cierto alivio. Cuando mis pupilas se acostumbran a aquella oscuridad noto que no es ella, sino un pobre comediante de barrio quien intenta entretener a los asistentes con algunos chistes, que no hacen más que incitarlos a beber más y más, hasta embrutecerlos por completo.
Busco una silla cercana. El ambiente es pesado, demasiado pesado para alguien que no acostumbra frecuentar este tipo de sitios. Pido un vodka. El camarero se acerca y me mira como si quisiera preguntarme: “¿Nuevo por aquí?”, pero sólo se limita a servirme el trago que apuro de un sorbo. Me sirve uno más y en ese instante llega a mis oídos la tonada de una melodía que me parece demasiado conocida. Hago memoria e intento escarbar en los escombros de mis recuerdos, pero todo es inútil. Cuando estoy a punto de reírme de mis elucubraciones maniáticas, veo aparecer en el centro del escenario al demonio que me atormenta, noche tras noche, desde hace varios meses.
Es ella, no cabe duda, pero mentiría si admito que la reconocí de inmediato. Viste de rojo. El escote deja a la vista una zona de su anatomía que pareciera esculpida en mármol. Sus piernas se mueven al ritmo de aquellos acordes y su voz melancólica comienza a entonar una canción que enajena y seduce, es una sirena, por un instante pienso que ella es Parténope, yo Ulises; ella una criatura mítica, malévola, y yo un héroe sin tierra, sin gloria, que intenta no sucumbir al hechizo que su cántico lanza sobre mí. Todos la observan expectantes, mientras un viejo encorvado ejecuta aquella extraña pieza musical con sus manos huesudas, casi siniestras, que se mueven convulsas sobre el teclado.
Unos enanos aparecen en el escenario, enchaquetados, con unas corbatas que llegan al suelo, y comienzan a bailar al ritmo de la tonada. Me escucho tararear aquella extraña melodía cuya letra no acabo de entender. Sencillamente me dejo arrastrar, me dejo seducir por aquella encarnación de Rita Hayworth que me hipnotiza y domina, como si yo no fuese otra cosa que una marioneta… sus ojos me observan, me recorren, me acarician, me golpean, me hablan, me llaman… y entonces mi cuerpo reacciona: idolatrándola, odiándola, amándola, la necesita justo aquí, justo ahora… aún en medio de esta farsa surrealista, anhelo poseerla para mí, sólo para mí y sé que ya no podré verla igual que antes, que no seré el mismo hombre que la observaba cada mañana desde una ventana indiscreta… ¡¡No, no, no!!
No me quedan energías. Sin fuerzas, intento levantarme de la silla, sustraerme de aquella pesadilla, pero mis pies no me responden. Quiero despertar y volver a ser dueño de mí, para no terminar como esos extravagantes gnomos que ejecutan su danza grotesca frente a nosotros… pero aquel siniestro bolero retumba en mis oídos, mi mente, enferma de deseo, es aspirada por un torbellino de notas musicales que me arrastra hasta el centro mismo del averno. Poco a poco, alcanzo a percibir palabras, enseguida frases, hasta que logro comprender la letra con mi último resplandor de lucidez. Un escalofrío comienza a recorrer mi columna vertebral:
“… Mírame de nuevo y tenme miedo, sueña conmigo y me amarás… me odiarás por la mañana pero en las noches volverás… mírame, te perderé, mírame, te embrujaré, mírame, vine por ti…”
Y ella, diabólica locura, desciende del escenario con elegancia, lenta, fría, hierática, me atrae y me da miedo, me gusta y me repugna, me acaricia y me golpea, me duele, me duele mucho, en lo más profundo… como una estaca clavada en medio del corazón, de mi propio corazón. Es solo una mirada, pero me asfixia, no puedo respirar, me ahogo… mis manos van hacía el cuello, intentando emitir el más leve sonido, pero no puedo, imposible. Caigo al suelo derrotado, fulminado. Soy su esclavo, su siervo, su mascota favorita. Pienso: “Haré por ti lo que sea, lo que sea, lo que sea… Si quieres mi sangre te la daré a beber, si quieres mi carne, muérdeme, cercena mis miembros con tus propios dientes, si quieres arrancarme el corazón, hazlo ya… si me pides que pase mi lengua por la suela de tus zapatos o deseas pisarme con tu tacón de aguja sobre la espalda… cualquier cosa que me pidas la haré, te la daré, la aceptaré… soy tu sumiso amante y tu eres mi única dueña, mi ama, mi cruel Dominatriz a quien me entregaré por completo en cuerpo y alma”.
Sonríe maliciosamente, camina contoneándose de manera seductora, sugerente. Sé hacia dónde se dirige, no tengo escapatoria. La canción ha terminado. El público aplaude frenético y ella se inclina levemente para agradecerles el detalle. Me extiende su mano y yo la tomo entre las mías. Me incorporo pesadamente. Comienzo a caminar, voy tras ella y, antes de salir de aquel lugar, del reino o guarida de aquel ángel o demonio, el enano de la entrada me despide con una inclinación de cabeza y una mirada inequívoca que denota auténtica compasión…
ÁGATHA & JOSEPH McGREGOR April 05 UN ALAMBRE MÁSCinco flores más y el ramillete estará completo. Los dedos de la mujer manipulan con facilidad los pequeños pétalos de tela que, girando en un movimiento ágil, darán forma a una flor artificial de color rojo carmín. Un pegamento especial unirá las flores con los alambres que se encuentran en la mesa frente a ella para que, al final, cada ramillete sea reemplazado por monedas y éstas se conviertan en comida para varios días.
Las manos de la mujer no cesan de moverse. Una y otra vez ve el reloj y sabe que debe darse prisa o el día no le rendirá como ha esperado. Usualmente debe elaborar alrededor de veinte ramilletes que son la remesa completa de la semana, los cuales pueden venderse en su totalidad si aprovecha los días de quincena. Sin embargo, esta vez fue contratada para entregar cuarenta ramilletes en un solo día a una señora que ofreció darle una cantidad nada despreciable si se comprometía a tenerlos a tiempo para la boda de su sobrina. Ni siquiera lo escuchó dos veces: aceptó la oferta sin pensarlo demasiado.
Ahora se da cuenta que hacen falta cinco horas para la boda y el plazo de entrega casi ha terminado. Está a punto de cobrar por su trabajo y, de sólo imaginar tener ese dinero en las manos, se le ilumina el rostro con una sonrisa de satisfacción anticipada.
Sus ojos observan el último ramillete a medio terminar y extiende una mano para tomar un alambre más pero, de inmediato, nota algo extraño. Vuelve a fijarse en las flores que tiene en la otra mano y nota que en la mesa no queda un alambre más. “¿Es posible?”-se dice sorprendida. Está segura que tenía material suficiente para cumplir con la cantidad de ramos acordada pero ¿qué pudo salir mal? ¿Acaso la dependienta de la tienda le vendió el material incompleto?
Rebusca en los cajones que tiene debajo de la mesa de trabajo, mas todo es inútil, los alambres sencillamente se han terminado y un ramillete se encuentra incompleto; justamente a la mitad, para ser precisos…
Su mirada recorre toda la cesta en la que ha ido colocándolos: “… treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve ramilletes y medio…” –cuenta mentalmente- ¡Qué contrariedad! Siente enormes deseos de maldecir su suerte (ya de por sí maldita desde que recuerda) y vuelve a imaginar la sensación del hambre atroz, tan fuerte e insoportable, que te hace doler las tripas y el mismísimo corazón…
Y precisamente en ese instante en el que cree estar llegando al umbral de la ira y la desesperación, la puerta se abre de golpe y entra una personita con la cara radiante de felicidad que contrasta con la pesadumbre del rostro de la florista en cuestión. Es pequeño y algo desnutrido para su edad, pero vivaracho y juguetón como puede serlo todo niño de ocho años. En sus manos sostiene una caja de regalo que muestra con aire de triunfo a la mujer que lo observa turbada.
-¡Mira, mamá, el maestro me dio el premio al alumno más aplicado de la clase! ¿Te gusta? –le dice, mientras saca de la caja una marioneta realmente hermosa.
Sin embargo, la mujer no ve en ella un juguete, ni siquiera el trofeo anhelado que cerca de cuarenta chiquillos se disputaron durante medio ciclo escolar. Simplemente ese objeto de madera pintada e inanimada se resume a un montón de alambres delgados que sus ojos, acostumbrados a tasar las pérdidas y ganancias de una vida miserable, han estimado como simple materia prima para cumplir el plazo de entrega de cuarenta ramilletes de flores de tela que se transmutarán en comida y alquiler para una madre soltera y su pequeño hijo…
Dos horas después, dentro de una minúscula vivienda de los suburbios, una florista descansa satisfecha al palpar en el bolsillo del delantal el pago por cuarenta ramilletes de flores de tela. Cierra los ojos y se recuesta en la cama para descansar después de las extenuantes horas de trabajo con la certeza del deber cumplido.
Al pie de esa misma cama, un pequeñito llora en silencio mientras guarda en una caja de cartón los fragmentos de una marioneta cruelmente descuartizada. En el anonimato que lleva implícito la pobreza, comienza el duelo obligatorio de un niño que ignora que unas lágrimas más o unas lágrimas menos, tienen un ínfimo valor monetario en el mercado de la sobrevivencia humana… donde un alambre más o un alambre menos representan la diferencia entre comer o no comer, entre contar con un techo o ser echados a la calle para rodar sin rumbo por los senderos del desamparo y la indigencia.
Por: Adriana Zebadúa February 13 NO ESTOY INTERESADAUNA ACLARACIÓN A TODOS LOS QUE INGRESEN A ESTE ESPACIO (ESPECIALMENTE AL GÉNERO MASCULINO): NO ESTOY INTERESADA EN NOVIOS CIBERNÉTICOS NI EN RELACIONES POR INTERNET NI NADA QUE SE LE PAREZCA. TAMPOCO SOY UNA INCAUTA NI UNA NIÑA QUE SE CREA LO PRIMERO QUE LE DICEN, OK?? ESTE ESPACIO ES PARA QUE LA GENTE ME CONOZCA, SÍ, ES CIERTO, PERO SOBRE TODO QUE CONOZCA MI TRABAJO, EXCLUSIVAMENTE PARA ESO. ASÍ QUE QUIEN QUIERA PUEDE DEJARME UN COMENTARIO CON RESPECTO A LO QUE ESCRIBO, NADA DE MENSAJES PIDIÉNDOME QUE SEAMOS AMIGOS CON MIRAS A ALGO MÁS.
QUIERO QUE SEPAN TAMBIÉN QUE MI TIEMPO ES SUMAMENTE VALIOSO Y NO LO PUEDO PERDER CON GENTE QUE SE DEDICA A BUSCAR MUJERES PARA PASAR EL RATO. SÉ LO QUE QUIERO Y A DÓNDE QUIERO LLEGAR, NADA NI NADIE ME LO IMPEDIRÁ. ASÍ QUE, POR FAVOR, NO PIERDAN SU TIEMPO CONMIGO PORQUE YO NO LO MALGASTARÉ CONTESTANDO MAILS O AGREGANDO GENTE A MI MESSENGER ASÍ PORQUE SÍ.
GRACIAS POR SU COMPRENSIÓN.
February 01 Con respecto a mis relatosLeí un comentario en el que se me pregunta si no me da temor que alguien quiera plagiar algo de lo que he subido a este blog. Bien, pues quiero hacerles saber que los relatos que ven acá forman parte de un compendio de cuentos titulado: TRECE CUENTOS PARA NO DORMIR y el cual ha sido registrado desde mayo de 2007 ante el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Poseo el certificado que así lo reconoce, así como un número de registro. Así que lo comento para que si alguno de los que leen este blog, desea copiar algunos de mis cuentos, puede hacerlo siempre y cuando me envíen por lo menos un mail o me dejen un mensaje aquí, haciéndomelo saber. Ok?? August 08 FALSO CORAZÓNFALSO CORAZÓN Amor mío, contra cualquier ciencia sigo viva, Aunque este aliento que anima el cuerpo Será todo, menos vida. Si el corazón sigue latiendo Es porque, inanimado, al fin Una máquina es que obedece a la fisiología, Porque yo ningún dominio tengo Sobre este órgano ajeno y despreciado Vacío de cualquier sentimiento Que pudiera devolverme la existencia.
¿De qué sirve que al ritmo del infame tiempo Siga latiendo sin cansancio? Aun teniendo un “falso” corazón por dentro, Sé que el real se fue cuando partiste Aquella noche gélida y sombría, Esa noche imborrable en mi memoria, En la que sin piedad ni compasión Me arrancaste con los dientes Lo único que me mantenía con vida…
Ahora soy solo un espectro, una sombra, Un grito lastimero y terrorífico Que en la más densa obscuridad Vaga sin rumbo, sin destino fijo, Buscando en los escombros de la soledad Migajas de lo que me hurtaste. Un fragmento de ilusión, De amor y de esperanza, Que pueda devolver a este fantasma El soplo que una vez le dio la vida… May 24 UNA VEZ MÁSMe veo al espejo, la imagen que se refleja tiene algo de malicia e inocencia. Es agradable ver mi piel iluminada por los cálidos rayos solares que entran por la ventana abierta. Agradezco enormemente el silencio de los pensamientos que tan sólo emergen tímidamente en una sonrisa algo perversa, traicionando así el mutismo de la mente.
Te vi ayer por la noche en la celebración del compromiso de mi hermana Catalina. Me encontraba en un rincón del salón en el que la penumbra ocultaba en gran medida mi presencia. El tedio estaba a punto de vencer a mis pesados párpados haciéndolos presa fácil de un profundo sueño. Cuando el champagne estaba próximo a contribuir a dicho cometido, te vi atravesar con paso firme la estancia iluminada dirigiéndote sin vacilar hacia el lugar en que me hallaba.
Al principio, pensé que los no pocos tragos que mi cuerpo había ingerido, estaban haciendo de las suyas. Fue entonces cuando tu voz mencionó algo que me regresó de golpe a la realidad. No recuerdo con exactitud lo que dijiste, creo que encomiaste grandemente la pintura de Velázquez que adorna un tramo de las escaleras, yo te respondí que era el orgullo de papá y una herencia de familia. Pero lo que no puedo olvidar es el brillo de las pupilas dilatadas que me observaban insistentes. Tus ojos color miel me hechizaron sin remedio y la perfección de los rasgos cincelados de tu rostro, me quitaron el aliento por algunos segundos.
-¿Hacia dónde conducen vuestras escaleras? –preguntaste-, y al momento noté tu acento español.
Sin saber qué responderte me limité a decir:
-A las habitaciones, naturalmente.
Una sonrisa misteriosa asomó a tus labios cuando agregaste:
-Naturalmente, claro. He sido un tonto, me he dejado deslumbrar por vuestra singular belleza, que competiría dignamente con la de la misma Venus.
Al decir esto, te inclinaste para besar mi temblorosa mano, lo que provocó un torbellino de desconocidas sensaciones desencadenadas por el suave contacto de tus labios.
Llamaron a todos a la mesa, la cena estaba a punto de servirse. Te alejaste perdiéndote entre los invitados cuando papá se acercó para escoltarme hacia el comedor. Mas yo, inapetente y sin ánimos de continuar escondiéndome en la anónima penumbra, me excusé con él asegurándole que la migraña me aquejaba nuevamente y que era necesario acostarme cuanto antes.
Ya en la alcoba, no me sorprendí cuando percibí un leve movimiento entre las sombras. Adiviné que estarías ahí. No sentí miedo, sólo sonreí maliciosamente para mis adentros. Tampoco dejé que Gertrudis me desvistiera como siempre lo ha hecho; por primera vez también, cerré con doble llave la pesada puerta de mi habitación. Ahora veo que fueron precauciones un tanto innecesarias, pues abajo la velada prometía ser larga y nadie notaría la ausencia de la insignificante hija menor de los Avendaño.
Frente al espejo comencé a desnudarme lentamente, seductoramente… Mi ampuloso vestido azul se deslizó sin mayor problema; a él le siguió el fondo almidonado que, al ser lanzado al pie de la cama, hizo su tan conocido: fru-frú al tocar el suelo. Alcé los ojos, observé nuevamente mi imagen en el espejo y entonces te vi una vez más.
Te acercaste en silencio colocándote detrás de mí. Tus ojos color miel brillaban como los de un gato en celo en esa sugerente oscuridad. Sin emitir una sola palabra, tus dedos rozaron como mariposas mis brazos subiendo hasta la curva de los hombros, deslizaste la mano izquierda sobre mi clavícula mientras tu diestra jalaba suavemente el lazo que ataba mis largos cabellos. Fue en ese instante que perdí la noción del tiempo y del espacio. No supe en qué momento tus manos lograron liberarme del diminuto corsé, sólo sentía que con cada beso que esparcías sobre mi espalda, me embestían desconocidas oleadas de placer.
Como una escultura de mármol permanecí inmóvil, de pie, a la vez que la palabra “excitación” comenzaba a tener significado introduciéndose en mí por cada poro y subyugando cada centímetro de piel. Me vi al espejo por tercera vez (ya liberada por completo de telas, encajes y listones), con arrogante vanidad femenina advertí que no habías mentido al compararme con la Venus mitológica. Sólo entonces tomé tus manos, las llevé hacia mi cintura y lamiéndome ansiosa los labios dije: -¡Bésame!
Nos besamos, mordisqueándonos juguetonamente. Seguramente habrás visto el brillo de impaciencia reflejado en mis ojos porque me llevaste a la cama, esa cama que tantas noches se humedeció de lágrimas, que me dio refugio en mi tormentosa soledad, que habría de enseñarme las bondades de la pasión desenfrenada.
Te desvestiste ¿o yo lo hice quizás? ¡Eso qué importa! Estaba hipnotizada, poseída de febril deseo. No sabía qué es lo que vendría aunque lo imaginaba a fuerza de leerlo tantas veces en los “libros prohibidos” que Catalina ocultaba cuidadosamente en su recámara. Sabía que no podía esperar más, te lanzaste sobre mí, dominándome. Un alud de caricias, manos explorando mundos desconocidos, besos sin control, jadeos acompasados y el sudor desbordándose por nuestra piel, desencadenaron una nebulosa de lujuria incontrolable.
Afuera comenzó a llover. Las gotas de agua golpeteaban los cristales de mi ventana, pero dentro la única humedad que percibíamos era la de nuestros cuerpos en excitante sincronía. Cuando por fin te recibí y te sentí dentro de mí, emití un sonido salvajemente gutural dejándome transportar hasta el Olimpo, emergiendo como Venus, de la espuma de un mar embravecido.
Ignoro la hora exacta en la que decidiste concluir nuestro festín, tan sólo recuerdo la mirada hechizante de tus ojos color miel y la sonrisa misteriosa al despedirte.
-¿Volverás una vez más? -pregunté ansiosa, con un movimiento de cabeza casi imperceptible aseguraste que sí y enseguida sujeté tus húmedos cabellos para besarte largamente, sin recato, sin temores fatuos.
El sol ya estaba lo suficientemente alto cuando abrí los ojos. Pensé que todo había sido un sueño o una visión ocasionada por el sopor del vino y el champagne de la noche anterior, mas no lo era: aún sentía el sabor de tu boca lacerando mi garganta.
Me he vestido y al observarme en el espejo, he querido evocar una vez más los sucesos que anoche me hicieron conocer un mundo jamás imaginado. Es por ello que sonrío, es ese el motivo que dibuja en mi faz una sonrisa maliciosa.
De pronto alcanzo a percibir algo extraño que ahuyenta estos vagos pensamientos: escucho murmullos, se siente demasiada agitación para ser un sábado posterior a una fiesta de compromiso. Alguien golpea insistentemente a la puerta y respondo: -¡Ya voy, en un momento estoy con ustedes!
Salgo de la habitación, camino por el pasillo, veo desconocidos recorriendo toda nuestra casa. Dos agentes policíacos hablan con mi padre, mientras que otros igualmente uniformados, entrevistan a los criados. Catalina llora lastimeramente y no sé la razón de toda esta faramalla. Pero de golpe lo comprendo… tengo que aferrarme con fuerza a los barandales de las escaleras en el momento justo en que me doy cuenta de todo: ¡El cuadro de Velázquez ha desaparecido!
Tengo en mis manos el diario vespertino, a estas horas de la tarde ya todos sabemos que el Velázquez ha desaparecido y con él los cubiertos de plata, las joyas de mamá y el dinero de la caja fuerte. Con rabia e incredulidad leo por tercera vez las letras dolorosamente enormes que encabezan la nota principal: “Misterioso ladrón de antigüedades perpetra asalto millonario una vez más…”
Continuará...
Adriana Zebadúa M. UNA VEZ... Y PARA SIEMPRE
Me veo al espejo mientras Gertrudis coloca los últimos azahares en mis cabellos recién ensortijados. Sus manos diestras que alguna vez me acunaron, tiemblan de una forma casi imperceptible para el ojo ajeno, pero para quien ha visto en ella a una amiga, madre y confidente, estos detalles no pasan desapercibidos. La emoción la ha embargado por completo. Ambas guardamos un silencio que ocupa toda la habitación, se percibe su presencia intimidante y una sensación inexplicable nos envuelve en una niebla de desolación. Desde que mi madre murió nadie ha estado en posesión de mis más íntimos secretos, a excepción de esta mujer que hoy tiembla con los nervios desbocados, como si fuese ella misma quien deberá jurar amor y fidelidad frente a un altar. Mas esos leves signos de nerviosismo y el mutismo en que ambas nos mantenemos, no hacen sino prolongar la agonía durante estos últimos instantes en el hogar paterno; pues ni ella ni nadie sospechan que estoy totalmente aterrada ante mi inaplazable destino. La proximidad del momento preciso en que mi secreto, tan fielmente custodiado, deberá salir a la luz, es suficiente motivo para hacerme palidecer de miedo… Después del robo ocurrido en casa hace tres años, ya nada volvió a la normalidad. Un torbellino de repercusiones terribles trastocó nuestras vidas por completo. Catalina se casó, pero su dote se redujo a la mitad ya que parte de las joyas hurtadas eran la herencia que mi madre le había dejado al morir. Mi padre se sumió en una profunda melancolía y jamás pudo recuperar el dinero robado ni pudo volver a presumir ante generales, banqueros y funcionarios de gobierno, su mayor orgullo: el cuadro de Velázquez. Tampoco volvió a celebrarse una fiesta en casa. Hasta los criados sufrieron las consecuencias, pues la mayoría de ellos fueron despedidos al caer sobre ellos las principales sospechas, quedándose a nuestro servicio sólo los sirvientes más antiguos. Sin embargo, la mayor de las desgracias el destino las reservó para mí al verme burlada de la peor manera en que se puede ver burlada una mujer. Noche a noche las lágrimas me atormentaron sin remedio y el dolor fue mi único compañero en mis insomnios recurrentes. No volví a reír, no volví a soñar, ni volví a probar una sola gota de champagne… simplemente callé porque a nadie le hubiese importado conocer la desdicha de Regina, la hija menor de Don Nicolás Avendaño. Ni siquiera recuerdo cómo una tarde me vi aceptando ser la futura esposa de un hombre viudo y adinerado que mi padre creyó el mejor partido para mí. Acepté porque fue la única alternativa posible para huir de esta casa donde la vida se esfumó junto con unos cubiertos de plata, las joyas de mamá, el dinero de la caja fuerte y un estúpido cuadro de Velázquez, cuyo hueco en la pared de las escaleras recuerda a diario mi tristeza y mi deshonra. Hoy que he vuelto a verme en este espejo, no reconozco la imagen que éste me devuelve: rostro pálido, ojos sin brillo y un rictus que intenta parecer una sonrisa pero que muere en el instante justo en que unos ojos color miel acuden a mi memoria, como si ella los conjurase una vez más para atormentarme recordándome un fugaz momento de dicha que se perdió entre las sombras silentes del pasado. -¡Te ves hermosa, mi niña! –me dice Gertrudis cuando con aire triunfante coloca el velo sobre la corona de azahares. –Serás la envidia de todas las jóvenes solteras. -¡Tú sabes que nada de eso me interesa, nana! - No hables así, Regina. Ya verás que pronto, cuando seas toda una señora, las cosas serán diferentes y tendrás todo lo que desees. -Lo único que deseo es olvidar. –es la frase que emerge de mis labios espontáneamente. En la casa no quedamos nadie más que Gertrudis, el mayordomo y yo. Todos los demás: familiares e invitados, se han adelantado para que la novia llegue al último. Cuanto más tarde, mejor. Esa es la tradición, absurda pero tradición al fin. Salgo de la habitación, no puedo evitar que la tristeza oprima mi pecho. Me dirijo hacia las escaleras, observo detenidamente el espacio frío y descuidado donde hace tres años colgaba una pintura peculiar y cierro los ojos por un momento para agradecer al cielo el no volver a ver ese espacio nunca más. Quizás no me espere la felicidad pero, al menos, habré escapado de esta prisión y de los recuerdos que me persiguen como duendes maliciosos, aguijoneando mi alma sin mostrar piedad alguna. Una voz familiar se escucha como si viniese de un lugar muy lejano. La voz de Luis, el mayordomo, me devuelve a la realidad y, como no he puesto atención a sus palabras, le pido me repita lo que acaba de decir. -Acaba de llegar este paquete, niña. No tiene remitente. ¿Quiere que lo coloque en la biblioteca con los demás regalos? Veo el tamaño y la forma del paquete, estoy a punto de decir que sí pues no tengo ánimos para abrir presentes ridículos enviados por gente que ni siquiera conozco; pero algo en su extraña forma me intriga y, contrario a lo que pudiese esperar, me escucho pidiéndole me entregue el regalo y me dirijo con él hacia la biblioteca. Se cierra la puerta a mis espaldas. Tomo asiento. El paquete viene acompañado de una tarjeta anónima con la siguiente frase a la que sólo yo puedo darle algún significado: “Venus es la diosa del amor y la belleza, quien le empeña una promesa está obligado a cumplirla”. Mis manos son presa de un temblor involuntario, mis piernas flaquean y mi mente es una vorágine de pensamientos que confunden los sentidos. Aún antes de abrir el regalo, mi corazón adivina lo que hay dentro. Desato los cordeles, rompo con ansiedad incontenible el papel y entonces veo aparecer ante mí, en toda su majestuosidad, el cuadro de Velázquez desaparecido misteriosamente tres años antes en la fiesta del compromiso matrimonial de mi hermana Catalina. La puerta se abre, Gertrudis se acerca hasta mí y pone sus manos maternales sobre mis hombros. Me da un beso en la coronilla, como lo hacía cuando era una niña y me dice con la voz a punto de quebrarse: - Niña, el coche ha llegado y te espera afuera. Anda, no puedes llegar tarde. El velo oculta mi rostro y ella no puede ver las lágrimas que resbalan por mis mejillas pero sé que intuye que el corazón me late enloquecido. Nos abrazamos un momento y enseguida me acompaña hasta el umbral. Me da un rápido beso en la frente y lo último que veo antes de partir a bordo del coche de alquiler, es a mi nana diciéndome “adiós” con una mano mientras sus ojos me siguen con la vista hasta que el carruaje cruza la verja de la calle. Mi mente intenta asimilar lo que acaba de suceder, todo esto me parece una broma fortuita hecha por alguna Parca mitológica que hila a su antojo mi destino. Sumida en estas cavilaciones no siento cuando el coche hace un alto en un recodo del camino. La portezuela de la derecha se abre, el dueño de los ojos color miel que me atormentaron en sueños durante tres años, se presenta ante mí como si fuese la materialización de mis más secretos pensamientos. De nuevo estamos frente a frente. Como si el tiempo no hubiese transcurrido vuelvo a ser presa del mismo torbellino de sensaciones que me envolvió la noche en que nos conocimos. El sabor de sus besos jamás ha dejado de lacerar mi garganta sedienta. Al verlo sé que lo he esperado en secreto estos últimos tres años, disfrazando de odio, despecho y frustración el sentimiento que jamás pude reconocer con las palabras precisas. -Quise olvidarte. –Me dices sin mayores titubeos y enseguida añades: -pero hasta a un ladrón profesional la vida puede hacerle algunas bromas y el destino le reserva algunas sorpresas. - Supe que cumplirías tu promesa –te digo, convencida al fin de mis palabras. –Te esperaba. - Entonces robaré lo más valioso de esta casa, lo que no me llevé la primera vez. –Me dices con ese acento español que siempre anhelé volver a oír. - ¿Y el Velázquez? –te cuestiono con la misma sonrisa maliciosa que vuelve a mí como un fantasma del pasado. - Es completamente falso. –Y mientras aún pronuncias esta frase, colocas en mis manos dos billetes de barco y agregas: -pero esto no lo es ¿aceptas emprender conmigo la aventura más grande de tu vida? ********** EPÍLOGO: Un domingo de agosto zarpó el barco “Buenaventura” del puerto de Veracruz con destino a un país del Mediterráneo y con 600 pasajeros a bordo. Entre ellos, Susana y Antonio Mendoza, quienes se casaron el segundo día de viaje, en medio de la algarabía general. Un mes después, el navío atracó en un puerto de las costas de Francia. El matrimonio Mendoza se instaló en un pintoresco pueblo pesquero, donde abrieron un próspero negocio de compra y venta de antigüedades del que sólo se alejaban dos o tres veces en el año para adquirir sus mercancías, que por cierto, eran bastante demandadas por las clases altas de un gran número de países europeos, americanos y asiáticos. Por la misma época, una misteriosa banda de asaltantes y estafadores, metieron en jaque a los legendarios cuerpos policíacos de Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia y Francia, sin que ninguna de estas organizaciones pudiese seguir la pista de los delincuentes ni capturar a los responsables de las desapariciones de joyas, cuadros y antigüedades. En el pequeño pueblo de pescadores, el matrimonio Mendoza progresó contra todo pronóstico pesimista, siendo ejemplo de una familia unida, honesta y trabajadora para el resto de los habitantes al lograr sobrevivir a dos guerras mundiales junto con toda su fortuna. Sus descendientes jamás conocerían el verdadero origen de sus riquezas ni podrían interpretar las miradas de complicidad y picardía que se dirigían cada vez que un periódico caía en sus manos dando cuenta de las noticias policíacas más recientes. Tampoco entenderían la razón de ser de aquel gran espejo ovalado que existía en su habitación, ni sabrían que alguna vez Susana Mendoza, al otro lado del océano, fue bautizada con el nombre de Regina Avendaño ni que el honorable Antonio Mendoza era un ladrón profesional que una vez, y para siempre, robó el botín más valioso que nunca nadie pudo arrebatarle. Adriana Z. M. EL HUÉSPED DE LA TÍA CRISTINA
Como cada martes por la noche, Laura esperaba ansiosa al huésped que llegaba sin anunciarse a casa de la tía Cristina. Desde que quedó huérfana y se hizo cargo de ella su pariente más cercana, nunca había faltado a su cita el hombre que visitaba aquel domicilio en total clandestinidad. Porque era un hombre, de eso estaba segura. Jamás lo había visto pero su presencia avasallante se percibía como el arroz colorado, recién hecho, que aromatizaba la cocina los días sábados. Sin embargo, no había podido enterarse del motivo exacto que obedecía a visitas tan metódicas. Lo único que había logrado averiguar entre guiso y guiso de la tía Cristina, es que se trataba de un comerciante que viajaba cada semana para vender sus mercancías en el pueblo vecino.
Pero con todo y sus catorce años a cuestas, Laura no se inmutaba ni un ápice con la letanía que lanzaba cada lunes la tía cuando le ordenaba preparar la alcoba de siempre para aquel extraño visitante: que “no seas metiche”, “deja de incomodarme”, “vete a cumplir con tus tareas y no hagas preguntas tontas” sin embargo, lo que no podía soportar, era aquella cara infalible de mártir cristiano que le dedicaba cuando las preguntas llegaban a colmarle la paciencia porque, entonces, la observaba desde un mutismo inquebrantable que más valía dar la media vuelta so pena de ser enviada a la cama sin cenar.
De modo que ese martes, como cada uno de los que había pasado en esa casa añeja desde que tenía cinco años, Laura no podía pegar el ojo ni espantar su insomnio contando uno, dos y hasta tres rebaños completos de ovejas. La cama era una tortura, una plancha de tormento que amenazaba con oprimirla contra el techo para convertirla en un emparedado humano… Porque sin conocerlo, sin haberlo visto en la penumbra siquiera, Laura había dejado volar su imaginación dándole un nombre, un rostro, una vida que envidiaría cualquier galán de telenovela. Cada semana la historia cambiaba a su antojo y podía tratarse de un amante encubierto, un prófugo de la justicia o hasta de un alma en pena escapada del averno. Esa semana tocaba convertirlo en un general retirado del ejército, para más exactitud un francés que luchó en el frente aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Conoció a la tía en un trasatlántico y después de varias semanas de viaje, tuvieron que separarse para continuar con sus destinos: Cristina se casó, enviudó, sin embargo, jamás olvidó a su primer enamorado. Un buen día se toparon en plena calle principal y ya no pudieron separarse nunca, pero para cubrir a su dama de las habladurías, decidió visitarla en secreto cada martes por la noche. Y así habrían podido pasar muchos otros martes, si aquella noche en especial, la curiosidad de la jovencita no hubiera llegado a su límite y si no hubiera llovido con tantos truenos y relámpagos que amortiguaban cualquier otro sonido. Sin pensarlo dos veces, se le cruzó la idea de llegar al fondo del asunto a como diera lugar. Se levantó del lecho, se enfundó las pantuflas y recorriendo los pocos metros que la separaban de la recámara vecina, abrió la puerta y entró en la habitación del huésped misterioso… Olía a lavanda. Las sábanas de lino estaban recién lavadas y planchadas con el sello de pulcritud de la tía Cristina. Las cortinas estaban corridas para que la brisa nocturna ventilara la estancia. Todo en ella anunciaba amor y juventud, peligro y placer. Laura sonreía satisfecha por haber dado el paso decisivo cuando escuchó un murmullo apenas perceptible, pero que sus oídos acostumbrados a escuchar aún a través de las paredes, captaron enseguida. No podía escapar por la puerta puesto que por ahí habrían de entrar los amantes… así que lo único que se le ocurrió en las escasas fracciones de segundo que siguieron a su sorpresa, fue esconderse en el antiguo armario que se situaba frente a la cama de latón. Lo que ocurrió después aún lo recuerda con lucidez como si los años no hubieran pasado sobre ella. La tía Cristina era toda risas, toda amor. Con una mano sujetaba al hombre misterioso y con la otra se desabrochaba el vestido azul que sólo usaba en bodas y cumpleaños. Se lanzaron a la cama convirtiéndose en una madeja de besos, abrazos, muslos, gemidos y humedad. Cuando una tregua en las piruetas permitió ver la cara de aquel contorsionista, Laura descubrió que el amante no era otro que el mismísimo cura de la parroquia de San Isidro. El padre Juan Constancio sudaba toda su castidad vociferando salves, aves marías y uno que otro Ángelus cuando la tía lo elevaba hasta el quinto cielo haciéndolo gritar de placer, mientras la joven observaba toda aquella bacanal por una rendija indiscreta del armario. Después de su primera clase visual de sexo, religión y latín chapucero, a Laura se le olvidaron todas las historias inventadas en torno al amante de la tía Cristina y se le quitó la manía de meterse donde no la llamaban, aprendiendo a ver, oír y callar por su propio bien y por salud mental de los demás. Tampoco está de más decir que nunca quiso volver a escuchar misa en la parroquia del padre Juan, y si fue, jamás pudo confesarse porque cada vez que se hincaba para decir el saludo de rutina: “sin pecado concebida…” le daba tal ataque de risa al recordar los retozos clandestinos del cura y sus plegarias nocturnas en el lecho de la tía Cristina, que tenía que salir corriendo de la iglesia para no estallar en carcajadas irreverentes. Adriana Zebadúa M. |